Reflexión sobre el «Gran Despertar» de la conciencia.
Johfra Bosschart

Imagen: parte del cuadro Unio Mystica (1973) de Johfra Bosschart (1919-1998).

El “Despertar de la Conciencia” es una frase que se ha venido escuchando mucho en estos últimos tiempos, cuyo fenómeno demuestra que las personas, misteriosa o justificadamente, están adquiriendo cierta noción sobre los asuntos de índole espiritual. Desean conocer más sobre ellos mismos y el mundo que les rodea, pero ya no desde un punto de vista físico, sino desde visiones o perspectivas suprafísicas y suprasensibles. Esos extraordinarios intereses que están alimentando el corazón y la mentalidad de las personas a lo largo de todo el globo son amplias señaléticas que indican que algo está empezando a cambiar a nivel global, que algo está empezando a revelarse. La «curiosa» esencia que está entrando en nosotros inconsciente o conscientemente es la Luz de la Verdad Absoluta, es la energía del Verdadero Conocimiento y Sabiduría proveniente del Gran Logos Universal. [1]

Cabe decir que esta recepción de consciencia con base en ciertas percepciones, intuiciones o saberes, se da mucho más en algunos individuos que en otros. Esto no significa que unos posean las capacidades necesarias y que otros no las tengan, todas las personas en sus genes tienen estas capacidades latentes esperando ser activadas, el tema radica en adquirir noción de la existencia de las mismas para de tal forma estudiarlas, comprenderlas y desarrollarlas a niveles incalculables. [2]

Hay personas que son reacias a este tipo de información debido al pensamiento y la razón guiados toda una larga vida bajo la densa metodología de la masa, cuerpo o mentalidad física. Están tan sometidos a la materia que impiden toda entrada de “Luz-Inteligencia” por los canales receptivos de sus cuerpos sutiles, los pensamientos de rechazo e ignorancia bloquean los canales, abolidos de manifestar lo que sus inherentes naturalezas deben suministrar. Por otro lado, hay personas que tienen un enorme interés por conocer más allá de todo lo que se ve y se percibe con las capacidades sensoriales básicas.

Pero este tema posee una profundidad mucho mayor, ya que todo va en la crianza y en la educación. Cabe decir que toda la humanidad está sumergida bajo cierta educación de parte del medio, de los padres y las escuelas sobre los objetivos de la vida, sobre lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, sobre la «realidad» y sobre lo que significa el mundo en su totalidad. El jardín, los colegios, las universidades, la política, etcétera, solo nos enseñan la forma de sobrevivir hasta que la muerte llegue y nos arrebate la vida, para la cual tanto se debe trabajar y en la que debemos dejar lo mejor de nosotros como una huella imprescindible con el objetivo de que nuestros hijos, nietos o la sociedad misma nunca olviden nuestro mundano propósito. [3]

Pese a dichas características parcialmente positivas, existe una sombra que se observa en la crianza de generaciones y generaciones bajo los fundamentos del error. La humanidad en su ignorancia y fantasía solo lo aspira al honor físico y al reconocimiento entre sus pares, incluso aún después de muertos. Trabajan toda una vida por el anhelo de comodidades y cosas materiales, por el dinero y por las entretenciones, por el ocio y las lujurias. Luchando y creyendo ser felices por esos éxtasis momentáneos, los que al perecer de forma inevitable, pasando del estado de florecimiento al de marchitez, la felicidad del individuo se vuelve a esfumar quedando este inválido y deseando poder alcanzar el mismo o mayor poder en un futuro próximo. Es así que lucha nuevamente por conseguir un estatus, al menos momentáneo, que le de felicidad y respeto por parte de su prójimo, alimentando de forma constante el ideario fantástico de «reyes del mundo» que el mismo hombre se ha proclamado. [4]

Todas estas cosas no son más que una ilusión.

Su lucha se volvió superficial y todos sus esfuerzos se volvieron hacia afuera, hacia una realidad externa que aún no comprende del todo. Con el transcurrir de los siglos, este se ha definido a sí mismo como conocedor de Dios y se ha adjudicado los «atributos» que Él ha de «promover».

«Eso sí, después de que por tanto tiempo se creyera que nuestro planeta estaba en el centro del universo observable, ahora solo basta comprobar empírica e idealmente con conocimiento público que no somos la única vida que en el magno cosmos habita, la colonización del espacio es el futuro, pero todavía debemos solucionar cosas fundamentales como humanidad» [agregado actual y eliminación de una idea similar].

[Pese a lo pretérito y en cierta medida] La moral, los valores y las buenas costumbres son aspectos que en esta última era están tomando un gran peso e importancia en las sociedades. Y nada ocurre por casualidad. Transcurrieron eras de impetuosa bestialidad, pero la luz de la verdad poco a poco va regenerándonos y conduciéndonos hacia un camino de perfeccionamiento divino. La órbita futura del planeta está bien encaminada, pero el avance siempre se ha entorpecido debido al sueño mental de la humanidad, que, pese a que ha estado evolucionando, aún le queda mucho tiempo y trabajo para lograr poderosos resultados. Los buenos valores antes dichos son ciertamente eficaces y operativos cuando se está despierto, antes de eso son solo buenas costumbres dormidas.

La humanidad ha dedicado todas sus energías vitales en la realidad externa. Se ha dejado llevar flojamente por lo que decida una masa de personas en particular y no ha cultivado intereses superiores. Vive en las tinieblas sin saberlo, en infiernos y falsas creencias de las cuales suelen tener ciertas impresiones, pero que luego son también devoradas por el peso de lo equívoco.

La “Ciencia Superior” que estudia lo sucesivo al Big Bang de nuestro Microcosmos ha ido quedado en el olvido, y en muchos casos su núcleo intrínseco se ha tergiversado y se ha dirigido hacia fines viles, crueles y manipuladores. Como lo hicieron muchas iglesias durante el recorrido de la historia al corromper la ‘Verdadera Religión’ [perenne o incluso universal (agregado actual)], así la intoxicaron con veneno de mentiras y falsas interpretaciones, sumando y sumando adeptos que se criaron en erróneas formas de pensamiento y durmiendo mucho más a la humanidad en una espantosa drogadicción psíquica. No obstante, es pertinente mencionar que el olvido de la ciencia superior ha sido solo de forma aparente, esta se ha ocultado de las masas y se ha revelado con glorioso fervor en el corazón de quién la anhela. Las ciencias herméticas, atemporales de por sí, son en gran medida los estudios sobre las leyes que rigen en el universo.

Viene la gran pregunta: ¿el hombre se conoce en su interior? Más allá de su profesión, más allá de la apariencia externa que este proyecta ante las personas, más allá de ciertas capacidades intelectuales, más allá de su vestimenta y de su imagen externa… ¿el hombre sabe quién es?, esas son las grandes interrogantes que todos nosotros debemos plantearnos. Muchas personas podrían callar ante estas preguntas, mantendrían silencio o posiblemente podrían responderlas, ¿pero acaso sus respuestas estarían exentas de algún adorno, título o posición impuesta por determinada sociedad?

El despertar, en sus primeras facetas, alude a ciertos pensamientos que dominan nuestra mente, los que envían especiales señales eléctricas a redes neuronales y células gliales propias del sistema nervioso, modificándolas por nuevas neurotransmisiones e induciéndonos a razonar sobre nosotros mismos, sobre quienes somos bajo la máscara que representamos o que idílicamente intentamos representar. [Agregado actual de neurociencia y transfiguración de una parte].

El despertar es conocer, es el verdadero Elixir de Vida que va más allá de toda educación de colegio, universidad o grupo intelectual. Va más allá de lo que creemos como «realidad». La moda, el trabajo, los estudios, los dogmas, las reglas y las leyes del hombre son toda una ilusión. Las personas en sus vidas cotidianas están bajo una especie de estado sonambúlico sin percatarse de ello. No saben de todo lo que se pierden. La comodidad mental del hombre le hace permanecer en esta ensoñación, sobreviviendo en ella y luchando por ella. Pero pocas veces se ha preguntado que está fuera de esta o si existe algo más profundo o trascendental.

Muchas personas sin saberlo están al tanto de todas estas ideas, y tristes o melancólicas viven pensando en cómo encontrar una verdadera felicidad. No la hallan y sufren por eso. Sienten que algo les falta, necesitan que algo les llene el espíritu; teniendo todo tipo de bienestares, aun así, se sienten vacíos y siempre se sentirán vacíos hasta que no conozcan la realidad de las cosas que solo se puede conocer despertando.

Alcanzar consciencia de que «estoy dormido y debo despertar» ya empezará a quebrantar las tinieblas que cubren los velos del conocimiento. La Verdad y los misterios del universo están cubiertos por innumerables mantos que son como «paredes» que nos impedirán conocerlos, para llegar a ellos hay que subir muchos escalones y destruir muchas barreras.

La persona que poco a poco va despertando del gran sueño de la humanidad, observará, percibirá y escuchará cosas que jamás habría creído posibles. Verá cosas maravillosas que están fuera de toda imaginación o de todo entendimiento de un hombre dormido. Cosas inexplicables en palabras o por lo menos en esta reflexión. Se sentirá especialmente lleno e identificado, ya que eso es lo único verdadero. Aunque cabe acotar que dicha sensación sigue siendo parcial, porque las pruebas son cada vez más difíciles e implican esfuerzos cada vez más impresionantes…

El despertar es vida y es la aspiración que todo hombre y mujer debe tener. Aspirar a ilusiones solo conduce a la muerte. La ilusión es muerte. La verdad es vida.

El gran objetivo del ser humano es desprenderse de la muchedumbre dormida y analizarla desde una distante posición. Debe destruir la personalidad que él mismo ha creado para de tal forma conocer y fusionarse con su única individualidad. Esto que estoy diciendo tampoco es ilusorio, la persona que verdaderamente despierta sabrá cuando lo habrá hecho, de eso no existe duda alguna… Notará que algo de modo extremo cambió su vida y su visión sobre la realidad. Y no es algo trivial, es algo de poderosa e increíble escala. Es por ello, insisto, escapa a todo intento de imaginación superficial, pero si este proceso se emprende con una verdadera aspiración de búsqueda, pues, dará resultados.

Entonces el hombre se preguntará, ¿cómo despierto para ver todo esto?, ¿qué hago entonces para despertar y ver la realidad de todo cuanto existe en el universo? Pues, solo debe conocerse a sí mismo. Una vez que eso ocurra se generará un shock eléctrico en su ser que jamás olvidará en su existencia presente y en sus existencias futuras. Viajando dentro de sí, escarbando en lo más profundo del Ser vislumbrará el sendero hacia la Gran Verdad, dejando esta de ser un simple espejismo. Una vez que haga eso comprenderá el origen y el por qué de las cosas, al menos todo lo que se nos permita por ahora dentro de los límites de nuestra mente finita. [5]

«Pide y recibirás, busca y encontrarás, golpea y las puertas se te abrirán» (Mateo 7:7-11).

NOTAS ACTUALES:

[1] Este artículo reflexivo conforma mis primeros intentos en la formulación de un corpus de filosofía mística, metafísica y ontológica, el original tiene nueve años (2014). Por ello la escritura se percibe prematura, teniendo que pasar por numerosas relecturas y correcciones para ser subido acá. Tanto los indicadores como los conectores agregados entre corchetes son para hacer más inteligibles ciertas intuiciones en frases más concretas.

[2] Existe una diferencia entre la palabra «conciencia» y «consciencia», la primera radica hacia lo externo y lo social, la segunda hacia lo interno y sensorial. Atañe una diferencia de conceptualización psicológica que reducidos colegas ubican, tratándose del agregado o exclusión de la letra «s». Ambos sentidos son útiles para la explicación del «Gran Despertar», puesto que su flujo recorre ambas sendas, ocupándose cada palabra en el caso descriptivo más adecuado.

[3] En cambio, el sabio debe reflexionar en lo que ocurrirá después de la muerte, aunque sus juicios inicialmente se basen en conjeturas, especulaciones o hipótesis, no importa. Los egipcios pintaron en sus tumbas más lujosas por medio de imágenes, símbolos y jeroglíficos el camino que el alma desencarnada del dueño de la mastaba debe recorrer en el «otro mundo» para llegar a la luz paradisíaca, con todas las pruebas astrales que ello significa; los budistas tibetanos y de la religión bön ocupan el término Tulku para referirse a un maestro que en vida dominó su capacidad de reencarnar en ciertos cuerpos y lugares, sus prácticas mágicas y de meditación extrema les han otorgado la capacidad de visualizar el camino recorrido de su alma a través de sus vidas anteriores y la elección a voluntad de la que está por venir.

[4] En estos últimos dos párrafos identifico una aparente contradicción, pues asevero primero que la educación sobre la falsa realidad solo se preocupa hasta el momento de la muerte, sin prestar importancia a lo que ocurrirá después. Pero en el párrafo siguiente digo que es ignorante y fantasioso quien alimenta el honor físico y aspira al reconocimiento de los pares incluso después de la muerte. Solo justifico la contrariedad en razón de mi habilidad aún nueva como escritor en ese período, que estaba recién empezando a entrenar, lo mismo con un discernimiento filosófico en vías de desarrollo. En mi pensamiento de esa época solo concedía importancia al proceso de divinización en vida, pues después de la muerte poco importan las cosas materiales conseguidas, porque las experiencias que luego se experimentarán en ese «más allá» son mucho más importantes, abandonándose poco a poco el recuerdo de las cosas groseras del mundo físico. Solamente desprecié el «honor físico», que se refiere a un asunto netamente materialista (como orgullo por posesiones innecesarias), igualmente a la ambición en obtenerlas. Con el pasar de los años comencé a avalar el reconocimiento entre los pares tanto en la vida como después del fallecimiento, lo mismo con el honor, pero no tanto el ‘físico’ sino el honor valórico e incluso espiritual, esos son los que permiten lograr la inmortalidad, sobre todo si son fruto de un legado obsequiado a la humanidad. Actualmente aprecio tanto lo material como lo espiritual en vida, juntos promueven el equilibrio en todo ámbito.

Entonces, en la actualidad sí apruebo firmemente el hecho de dejar un legado en vida. Una profundización más prolongada de las materias espiritualistas y místicas de varios continentes revela que los juicios que las animan no están en contra de tal acto, al contrario. Los místicos de oriente si bien no han legado objetos materiales, sí lo hicieron con conocimientos trascendentales, aunque fuesen enseñados a las afueras de una cueva en la montaña y compartiendo raíces con sus discípulos. Aun el más insigne profesional de occidente al dedicar toda su vida a entregar conocimiento, pero recibiendo merecidos honores y reconocimiento entre los pares por su contribución en cierta área, sí tiene todo derecho y propiedad a la elevación más bella después de la ‘transición’. Todo lo anterior sin negar obviamente que el mismo ejemplo aquí ilustrado ocurra inversamente, sin ser exclusiva cada figuración de un lado u otro del mundo, pese a la tendencia mayor y superficialmente identificada para cada uno.

En esa época practicaba mucho el shivaísmo, así que la disolución del yo y la poca importancia de todos los asuntos materiales primaban en mi pensamiento, pero ahora mi perspectiva es muy diferente. El mismo Ramsés II aseveró que el secreto de la inmortalidad está en el recuerdo de las futuras generaciones sobre el alma pensada, de aquí se desprende que el componente psíquico del recuerdo reactiva o revive los átomos almáticos de quién se piensa, solo aplicable a una persona ya fallecida. Si las personas del futuro nos recuerdan por algún legado importante que hemos dejado, entonces nos mantendrán vivos y seremos inmortales, y probablemente, siguiendo tradiciones ocultistas tanto orientales como occidentales, el alma o espíritu desencarnado se percatará del recuerdo evocado de su esencia y antigua existencia material por las mentes de los pensantes vivos (lo que variará según su estado de elevación desde entonces). Para otro lado se dirige la discusión si nos referimos a las almas que se han vuelto a fusionar con la naturaleza, John Baines mencionó que no todas reencarnan porque muchas no sobreviven a la muerte del cuerpo, sino que son reabsorbidas por la fuente original o «gran alma universal»; esto a diferencia de las que alcanzan un mayor grado de conciencia en vida, manteniéndose lejanas a la tierra a la altura proporcional adquirida por ese avanzado estado mental en su anterior encarnación. Volviendo con Ramsés II, uno de los mejores ejemplos que nos entregó para comprobar su inmortalidad hasta hoy fue la construcción del templo Mayor de Abu Simbel, tal majestuosidad nos permite recordar siempre el nombre de su dueño, además de su célebre reinado. Hoy creo firmemente que uno en vida debe dejar algo, ese algo puede variar, lo relevante es que seamos recordados: mientras más tiempo nos recuerden —milenios— mejor, y más inmortales seremos. Siempre recordaremos a Pitágoras, Sócrates, Platón y Aristóteles, por ello la meta en vida es de gran dimensión para alcanzar ese efecto, requiriendo de un esfuerzo impresionante (pero a veces existen otras variables, no siempre es por esfuerzo, sino también por circunstancias ambientales, poderes heredados por familia, casta u otros; sin dejar de lado el mismo azar, si es que el azar realmente existiera).

Misma sensación tuve cuando visité las momias Chinchorro en el Museo Colón 10 y en San Miguel de Azapa en Arica, Chile. Ese pueblo alcanzó una efectiva técnica de inmortalidad tanto física como espiritual; como avalan las observaciones antropológicas esa cultura concedía gran importancia a la muerte y a los ritos funerarios, evidentes en el embalsamamiento. Más nos queda aún por inferir sobre sus propósitos religiosos para haber tomado esa determinación, sobre todo si estaban al tanto o no del efecto que querían lograr en las gentes del mañana (nosotros). Una inaudita impresión me dio en esa visita, donde sentí que esas almas que aún están supeditadas solo un poco a esos cuerpos materiales y que ya están casi completamente desvanecidas (considerando los nueve mil a tres mil quinientos años de antigüedad) sí estaban al tanto de la meta histórica que habían logrado en estas décadas gracias al importante descubrimiento arqueológico, de igual manera de la gran cantidad de visitas turísticas y fuerzas de pensamiento que reciben de todo el mundo, pero aún esa apreciación es percibida por ellos con amplio asombro. Insisto, la porción almática que describo es sumamente reducida, asimismo en ese componente existe una mitad de mecanicismo natural y otra de leve sensación astral, aquí se encuentra otro más pequeño porcentaje de conciencia igualmente astral. Para un lector escéptico dormido prefiero que estas últimas palabras las tome en el sentido de lo poético o ficción.

[5] Solo algunos pasajes de esta reflexión están inspirados por la pluma de John Baines, seudónimo del filósofo, científico y humanista chileno Darío Salas Sommer (1935-2018), particularmente por su obra «Los Brujos Hablan» de 1988 que en esa época yo estaba poniendo en práctica, sumando metafísica contemporánea y otras fuentes que fueron mi foco de estudio desde 2012 hasta esa fecha. A su vez, el pensamiento que tengo en mis artículos del 2014 hasta al menos el 2017 muestran lo inmerso que estaba en el estudio del esoterismo. Mi forma de ver las cosas ha evolucionado con los años venideros; mantengo estos escritos como reflejo de mi propio camino espiritual donde tuve que pasar por ciertas creencias y teorías para llegar a estación más avanzada.

Autor: Felipe De Lucas A.
Fecha original: 2 de diciembre de 2014
Revisión: 13 de enero de 2023.

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