«¿Se puede escribir Historia a partir de imágenes? El historiador y las fuentes icónicas» de Tomás Pérez Vejo – Reseña

“¿Se puede escribir Historia a partir de imágenes? El historiador y las fuentes icónicas”

Tomás Pérez Vejo (2012)[1].

RESEÑA

Felipe De Lucas A.

16 – 10 – 2023

El artículo presenta un análisis de los problemas teóricos y metodológicos que atañen al uso de las imágenes y fuentes icónicas como documentos históricos, asimismo entrega propuestas para enfrentarse a esta manera de investigar.

     El énfasis sobre las imágenes, fuentes icónicas y documentos visuales se cristalizó en las primeras décadas del siglo XX entorno al Instituto Warburg con su apuesta metodológica; no obstante, una sólida tradición historiográfica avala sus usos como fuentes históricas, lo que ya está demostrado y admitido por la comunidad académica. Cabe destacar que no es lo mismo hacer ‘historia de las imágenes’ que ‘historia a partir de las imágenes’, estos conceptos suelen solaparse y confundirse; otra diferenciación importante es la que existe entre ‘historia del Arte’ e ‘historia de las artes’. Por otro lado, “la conversión de una imagen en obra de Arte puede ser la forma más eficaz de esterilizarla como documento histórico”[2]. La historia del Arte no ha hecho historia a partir de las imágenes, ni siquiera de las imágenes, sino historia de un concepto filosófico aparecido en el Renacimiento y que tiene una clara filiación platónica, por lo tanto, más parece la historia del espíritu humano plasmado en las obras de arte[3]. Luego sobrevino un período donde los historiadores del Arte usaron imágenes e íconos para plasmar una metafísica identitaria en pugna con los antropólogos culturales.

     En otro orden de ideas, un texto escrito tiene, al margen filológico, un significado preciso y un código identificable casi de manera automática; en cambio, el texto icónico usa un código no identificable de manera automática y de carácter polisémico. El uso de las imágenes como vestigio plantea el problema de una paciente reconstrucción arqueológica del lenguaje con que fueron “escritas”[4]. La reivindicación de la imagen como fuente histórica no implica simplemente enumerar sus virtudes, aquí entramos en el problema del carácter comunicativo de las imágenes: son un mensaje en el tiempo, un texto que fue compuesto para ser leído y que permite hablar al pasado. Para historiar con imágenes debemos considerar: 1) la no naturalidad de la lectura; 2) el que en algunos casos el lenguaje en el que las imágenes fueron escritas sea en la práctica imposible de reconstruir; 3) evitar confundir intuiciones y opiniones con el conocimiento real del código con el que la imagen fue escrita; 4) el arraigo de una tradición historiográfica que puede ser obstáculo en ciertos momentos; entre otros riesgos metodológicos. Como dijo Clifford Geertz: el lector de imágenes debe dejar de considerar “los signos meros instrumentos de comunicación, un código que debe ser descifrado, y considerarlas como modos de pensamiento, locuciones que deben ser interpretadas”[5].

     El historiador no solo debe reconstruir el código, sino reconstruir la mirada de los creadores de las imágenes y del público para el que fue pintado, o sea, el “ojo de la época” que postula Michael Baxandall, y con esto comprender los aspectos no conscientes del imaginario colectivo[6]: este término se refiere a que las sociedades tienen un imaginario sobre sí mismas y del mundo que les rodea que debemos aprender a identificar, explicar y reconstruir a través de las imágenes. Las imágenes casi siempre reflejan la sociedad en que fueron creadas y los pensamientos de los hombres que las hicieron posibles, son una especie de espejo en el tiempo, nos permiten ver lo que habríamos visto en el caso de haber estado allí; nos informan sobre la forma en que esos grupos humanos determinaron la realidad y cómo esa realidad fue construida hasta convertirse en real (no es objetiva ni racional, sino una construcción cultural). El imaginario colectivo se construye con imágenes mentales, de hecho, es una sucesión de imágenes mentales en discursos articulados, así las sociedades otorgan sentido a una realidad colectiva. Los hombres viven en universos simbólicos que les permiten dotar sentido a su mundo: “el mundo vivido no es tanto una realidad tangible como su representación, una imagen mental”[7]. Con todo, las imágenes del pasado se convierten en una fuente o vestigio absolutamente preciosa e imprescindible[8], son un poderoso instrumento de producción y control de imaginarios colectivos[9].

     En síntesis, lo importante es que las imágenes y las fuentes icónicas no sirven para reconstruir la realidad, sino para reconstruir el universo mental en que los hombres de una determinada época vivieron. No son reflejo de la realidad, sino que son el material con el que la realidad fue construida, considerar lo contrario es un error y confusión normal en historiografía. El mundo vivido es el imaginario, y no el real; las representaciones no son neutras. El fundamento de toda lucha política es la lucha por el control de los imaginarios colectivos. En esta línea investigativa es importante no narrar cómo fueron las sociedades del pasado, sino cómo se imaginaron que eran.

Referencia bibliográfica

Pérez Vejo, Tomás. “¿Se puede escribir historia a partir de imágenes? El historiador y las fuentes icónicas”. Memoria y sociedad 16, no. 32 (2012): 17-30.

Imagen

Cristo entronado en Libro de Kells, folio 32v. Trinity College of Dublin, College Creen.


Notas

[1] Tomás Pérez Vejo, “¿Se puede escribir historia a partir de imágenes? El historiador y las fuentes icónicas”, Memoria y sociedad 16, no. 32 (2012): 17-30.

[2] Pérez, “Fuentes icónicas”, 19.

[3] Pérez, “Fuentes icónicas”, 21.

[4] Pérez, “Fuentes icónicas”, 24.

[5] Pérez, “Fuentes icónicas”, 25.

[6] Pérez, “Fuentes icónicas”, 24-25.

[7] Pérez, “Fuentes icónicas”, 26.

[8] Pérez, “Fuentes icónicas”, 28.

[9] Pérez, “Fuentes icónicas”, 26.

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