“Arte y Propaganda en el siglo XX”
Toby Clark[1]
RESEÑA A DOS CAPÍTULOS
Felipe De Lucas Arellano
18 – 10 – 2023
Es un texto brillante y de alta calidad. Primero destaca el autor que la palabra «propaganda» tiene inevitablemente un aura siniestra, pues sugiere estrategias manipuladoras de persuasión, intimidación y engaño. En cambio, la idea de «arte» significa para mucha gente una esfera de actividad dedicada a la búsqueda de la verdad, la belleza y la libertad. Por esta razón, para muchos la conjunción «arte de propaganda» es una contradicción de términos; pero hay que dejar de lado esas connotaciones negativas y emotivas para poder estudiar correctamente dicha relación.
La palabra «propaganda» está más íntimamente ligada a las luchas ideológicas del siglo XX, independientemente de que por milenios en la historia se ha hecho propaganda de algún tipo (desde los gobiernos, polis, sociedades, religiones, cultos, entre otros). La neutralidad de la palabra «propaganda» desapareció en la Primera Guerra Mundial: luego de tantas pérdidas humanas, los gobiernos en guerra necesitaron de la opinión pública como cuestión de importancia nacional, y a través del desarrollo de medios de comunicación de masas los individuos iban adquiriendo conciencia de los mensajes dirigidos a ellos por las instituciones estatales, esto incluye: prensa barata, carteles, cine, entre otros.
Como dice Clark, “la percepción, en tiempos de guerra, de las relaciones de propaganda con la censura y la manipulación informativa se combinaba con la creciente aplicación de la guerra psicológica contra la moral del enemigo”. Es así que el término se fue asociado cada vez más con los emergentes Estados partidistas, que lo emplearon abiertamente en su terminología oficial. En las democracias occidentales, «propaganda» se vinculaba a “totalitarismo”, término polémico que hasta 1945 se empleó para definir las dictaduras fascistas y, durante la Guerra Fría, a la Unión Soviética y los demás Estados comunistas. A su vez, las connotaciones actuales del término «arte de propaganda» en el mundo occidental se configuraron en parte como consecuencia de la Guerra Fría.
Kitsch es un término que se refiere a un arte específicamente diseñado para el consumo de masas; para Clement Greenberg la palabra se adecua tanto a la cultura de masas americana como al populista arte oficial de la Alemania nazi y la Unión Soviética. Ya desde mediados de los años cuarenta, Nueva York emergió como cabeza del ‘arte moderno’, justo en el momento en que Estados Unidos dirigía la economía mundial; su fundamento radica en que para defender la verdad los artistas debían centrarse en conceptos puramente artísticos, en un arte abstracto que fuera inmune a la explotación política. La idea de que la imaginación artística no debía arriesgarse con el compromiso político no era nueva, pero, como argumentaban los críticos como Greenberg en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ese punto de vista adquirió una fuerza especial por su reiteración en el creciente sistema de museos, galerías y publicaciones dedicados al arte moderno. Más allá de las controversias provocadas por las nociones modernas de propaganda, el uso del arte al servicio de la política tiene una larga historia.
De todo esto surgen tres preguntas fundamentales para enmendar los conflictos y debates sobre la relación entre arte y política: 1) ¿el uso del arte para la propaganda implica la subordinación de la calidad estética al mensaje?; 2) ¿pueden superarse de los valores ideológicos los criterios para juzgar la calidad estética?; 3) si el objetivo del arte de propaganda es convencer, ¿cómo lo hace y hasta qué punto lo logra? Además, debemos aprender a interpretar las imágenes políticas, de tal manera evitamos el peligro de que, al ocultar las pruebas, lo único que se consiga sea añadir misterio a la historia los regímenes que usaron el arte y la propaganda como medio de persuasión e ideologización.
En otro orden de ideas, el arte de disidencia se describe como propaganda de oposición o antipropaganda, pero estos términos, junto con los de propaganda de Estado o propaganda “oficial”, resultan difíciles de mantener en todos los contextos. Hay que considerar también la propaganda del capitalismo que se gesta a través del cine hollywoodense, noticias de TV, anuncios y otros aspectos de los medios de comunicación. Los medios para hacer una afirmación ideológica son casi ilimitados. Por todo lo anterior, la historia de la propaganda moderna está íntimamente ligada al desarrollo de la cultura de masas, otro término complejo. Muchas veces detrás de estas intenciones hay misiones culturales y no solo políticas; por ende, la relación entre arte y cultura de masas es un amplio campo de estudio.
Sobre el capítulo de Clark: “Revolución, reforma y modernidad, 1900-1939”, el autor aclara que “Ni Marx ni Engels describieron en detalle cuál sería el papel del arte en este proceso” (comunismo), aunque hubo preferencia por el realismo social, junto con sus temas emotivos y artes de izquierdas. También hubo realismo en la literatura del siglo XIX. Más adelante, aparece el uso de fotografías documentales para la mejora de las condiciones de las clases trabajadoras, por ejemplo, con Lewis Hine. De aquí aparece otro debate que tiene que ver con las implicaciones éticas de la fotografía.
Las cuestiones sobre el realismo y cómo deben tratarse los temas de la vida de las clases trabajadoras están ligadas a los debates sobre el modo en que hay que dirigirse a esos públicos. Georg Lukács preconizó el arte y la literatura realistas de un modo que pudieran revelar la totalidad del mundo social y sus fuerzas subyacentes a la manera meticulosa y a la vez clara de la novela del siglo XIX (evitando la experimentación moderna, reprobando el expresionismo, promoviendo lo narrativo y lo típico); en cambio, Bertolt Brecht tenía ideas que abogaban por las nuevas técnicas para implicar al público popular en la producción de significados y así dotarle de la capacidad de adaptarse al arte experimental, entonces, la obra artística no debe pretender ser un espejo en el que la realidad se haga invisible.
Clark explica que los movimientos artísticos más radicales de comienzos del siglo XX adoptaron la cuestión de las clases bajas como preocupación principal. Luego repasa distintas materias, entre ellas: los movimientos de liberación de la mujer; también se refiere al fotomontaje, que tuvo un valor especial para los dadaístas como medio de producir una imaginería propagandística concebida como contra-estética; luego se refiere a los surrealistas, que se habían formado a principios de los años veinte bajo el liderazgo de André Breton; más adelante menciona el muralismo mexicano, aclarando que en muchos países no europeos el arte público sirvió para articular narrativas revisadas de la identidad nacional.
Después, el autor dedica hartas hojas para referirse al arte y propaganda del fascismo y luego del comunismo. Sobre el primero, ideológicamente su factor común ha sido la reivindicación de la combinación de nacionalismo con socialismo; en la práctica, el ideal colectivista que expresa este «socialismo» suele implicar el mantener unidas las diferentes clases sociales bajo un sentimiento compartido de vasallaje hacia los intereses comunes de nacionalidad y raza, junto con un culto a la acción y a la pasión libre de reglas doctrinales, entre otros detalles. Más adelante, ya en la sección sobre el Estado comunista, señala Clark que en la práctica los regímenes comunistas han expresado el cambio social a través de un filtro de censura e ilusión, generando una situación que algunos han descrito como onírica, pues la versión oficial de la realidad está muy lejos de la vida cotidiana.
En definitiva, es un texto maravilloso debido a su completitud y mirada sagaz. Sugerimos a los interesados adquirir el libro. Se aprenden numerosísimos datos sobre la propaganda y su relación con el arte en los movimientos ideológicos y políticos del siglo XX, asimismo sobre la contrapropaganda. Como conclusión, resulta de suma relevancia comprender el funcionamiento de los fenómenos y procesos psicológicos de las sociedades y masas, asimismo sobre cómo diversos regímenes logran influir profundamente en las imaginaciones colectivas, del mismo modo en que lo siguen haciendo los medios estatales y privados de comunicación masivos.
Bibliografía
Clark, Toby. Arte y propaganda en el siglo XX. Madrid: Akal ediciones, 2000.
NOTAS
[1] Toby Clark, Arte y propaganda en el siglo XX (Madrid: Akal ediciones, 2000).




