Fronteras de ambición, imaginación y delirio en torno a la Ciudad de los Césares: nuevas aproximaciones sobre lo fronterizo como mítico

Fronteras de ambición, imaginación y delirio en torno a la Ciudad de los Césares: nuevas aproximaciones sobre lo fronterizo como mítico

Autor: Felipe De Lucas Arellano / Fecha de finalización: 25-07-2024

Extensión: cuarenta y cinco páginas en hoja carta.

Nota: pensar, investigar y plamar este ensayo fue muy importante para mí, por ello sentí cierto temor al subirlo públicamente tan pronto, no obstante, me han vencido las ganas de nutrir a mis lectores con trabajos de calidad actualizados. Ya he contado por varias vías que poseo numerosos textos de mi autoría, calculo que son más de ochenta artículos, pero muchos de ellos necesitan bastante revisión para ser subidos, por ello he preferido actualizar el portal con mis últimas investigaciones, que además han tenido la revisión de insignes profesores de postgrado. Si bien actualmente estoy en la última etapa de mi magíster, estos estudios me llevaron a abandonar mi oficio escritural personal por dos años, incluyendo el haber pausado mi primer libro. Espero que los nuevos vientos que se vaticinan desde mayo permitan que me recupere en este aspecto, anhelo volver a retomar la labor que desinteresadamente realizo desde los dieciocho años de edad. Por otro lado, este ensayo forma parte de una nueva «camada» de documentos que han sido inscritos en propiedad intelectual, por ende, si le interesa o es útil para su investigación la información que aquí aparece, debe ud. citarla como el formato APA, el Chicago u otros estilos indican para páginas web. Ya es hora de que los ignorantes dejen de desvalorar el trabajo de los bloggeros y de los que escriben por internet a través de distintos tipos de plataformas, cuya labor la practican desde que existen los computadores y la ‘nube’. Además, ya hace varios años que los manuales de los sistemas de documentación académicos incorporaron las formulas para citar los portales web, por favor no sigan haciendo caso omiso de lo que a todas luces es un asalto al esfuerzo, el tiempo, la dedicación y la imaginación de los escritores digitales, el no citar es una infracción y una falta de ética. Amado lector, esto lo aclaro porque incluso los escritores e investigadores que publican en revistas y libros olvidan, desprecian o dejan de lado irresponsablemente estos preceptos básicos de la escritura académica, indicación que incluso yo mismo quiero grabarme a flor de piel para no olvidarla jamás.

Introducción

El objetivo general de este ensayo es proponer una nueva manera de comprender las fronteras, no solo como espacios rígidos o específicos en la geografía de un territorio, sino como fronteras de “ambición”, “imaginación” y “delirio”. Con esto examinaré la ‘fantasía exaltada’ de los españoles en el momento del “descubrimiento” de América, asimismo durante los períodos de la Conquista y la Colonia. Esta fantasía estuvo movilizada por una serie de fines y metas heroicas a cumplir, haya sido por encargo o por obtener provecho personal. Entre estas metas, la que ahora me ocupa es el afán que hubo por hallar la ubicación de ciudades idílicas y espectaculares, abundantes en múltiples riquezas.

     La existencia de una “Ciudad de los Césares” se dio a conocer a través de los relatos experienciales de ciertos conquistadores y exploradores en diversos lugares a lo largo de la frontera cordillerana entre Chile y Argentina, ya sea desde el norte como hasta el extremo sur. Tales expediciones fueron verídicas en la historia del siglo XVI, pero con el pasar de las décadas y una vez entrado el siglo XVII, al no ser encontrada la ciudad, comenzó a adquirir cualidades sobrenaturales, pero no por ello perdió descrédito. Para el siglo XIX fue tanto registrada como criticada por los historiadores. Y desde el XX hasta hoy ha pasado al terreno de la literatura, poesía y mitografía. Por ende, a partir de las crónicas y leyendas es posible indicar que la “ciudad encantada” ha sido siempre una ciudad fronteriza.

     El por qué quiero proponer nuevos modos de comprensión de lo fronterizo, y particularmente a través de las vertientes que indico, será explicado en el desarrollo.

     El primer objetivo específico es analizar la relación entre la ambición y la utopía, para ello se indaga en los mecanismos de la imaginación humana, asimismo en los límites de la mente y del cuerpo. La unión de dicha pasión irrefrenable por las riquezas con una ilusión idealizada de un espacio protector trascendente e imperecedero conllevó desmedidos esfuerzos tanto intelectuales como físicos para alcanzar la ciudad, del tal modo la extenuación de los exploradores solía culminar entre el delirio y la locura, asimismo en el espejismo. Por ende, esta empresa y sistema de ideales la denomino “fronteras de utopías”.

     El segundo objetivo específico es caracterizar las fronteras como “espectros móviles”. Las fronteras con respecto a esta “ciudad encantada” han tenido que repensarse y reescribirse una y otra vez durante estos siglos debido a que la misma ciudad, en su calidad de urbe mágica y mítica, siempre está cambiando de ubicación. Por ende, sus fronteras están en perpetuo movimiento, no son estáticas ni precisables, lo que demanda una reconceptualización, resignificación y resimbolización del concepto de frontera, por una “espectral”.

     El tercer objetivo específico nos lleva a apreciar otra forma de analizar lo fronterizo, ahora con respecto al “verbo”, es decir, a la comunicación hablada. Muchas de estas aventuras fueron verídicas en la historia, lo que difiere para nuestros efectos es la contextualización que nos ha llegado por medio del contenido del mensaje original, es decir, de la ‘palabra intercambiada’, la que fue atestiguándose tanto oral como cronísticamente, legándose hasta hoy. No podemos dejar de considerar que la enunciación de lo visto o escuchado por los expedicionarios pudo estar sujeta a los intereses y/o cogniciones de los que, básicamente, vivieron para contarlo; estos recibieron la información de la ciudad tanto de otros compatriotas, como de diversos grupos indígenas: lo que se dio por medio del ‘diálogo’. Esta simbiosis de palabras conformó un factor esencial para definir un nuevo tipo de “frontera por comunicación”. Esta concepción de lo fronterizo atañe de igual modo el desplazamiento constante de los límites geográficos, esto porque la ‘palabra hablada’ es siempre etérea, a no ser que sea escrita, incluso con excepciones.

     Finalmente, la historia oral enmarcada en dichas crónicas de aventuras y relatos de viajes, me ha llevado a conectar la historiografía con la antropología simbólica, la mitología y la psicología. En el intento de precisar esta frontera movediza, indicaré según mis resultados dónde podría encontrarse la Ciudad de los Césares. He llegado a esta conclusión después de haber leído fuentes tanto primarias como secundarias, pero también he seleccionado el relato que me ha parecido más coherente e ‘ideal’ desde mi contexto de producción.

Hipótesis

     Es posible configurar una historiografía fronteriza acerca de las “ciudades míticas” —en este caso la Ciudad de los Césares— de acuerdo a una nueva concepción o mirada sobre el concepto de “frontera”, para ello he propuesto una metodología tríadica basada en las “fronteras de utopías”, “fronteras como espectros móviles” y “fronteras de comunicación”. De tal modo propongo una herramienta para historizar ‘espacios’ que por sus naturalezas míticas complejizan el proceso de precisión geográfica e historiográfica. La Ciudad de los Césares fue abordada primero por lo oral, después por la crónica y el relato de viajes, más adelante atestiguada, ensalzada o criticada por la historia, amada por la literatura y la poesía, y recientemente ha seducido al cine. La historiografía no ha querido obviar su carácter mítico, y ha decidido de igual modo encontrar su explicación y/o ubicación. Por medio de esta “deconstrucción” del término de frontera, podemos otorgarle importancia vital al imaginario humano, a la movilidad de las creaciones de ese ideario, y al habla como su representante. Finalmente, la flexibilidad de esta técnica le otorga al investigador la posibilidad de escoger, al amparo de argumentos y parámetros justificados, el lugar geográfico y/o fronterizo que más se aproxime a su objeto buscado, por tanto, es necesario decantarse por una vía.

Justificación de su elección

     He escogido este tema principalmente por razones personales. Me interesa generar una conexión historiográfica aplicada a la crónica, la antropología, las leyendas y los mitos. Existen varias formas de interpretar estos últimos. Por un lado, podemos considerar a los mitos en su esencia primordial, que es envolver con una atmósfera especial tanto al raciocinio como a la lógica por medio de imágenes mentales atractivas, peculiares, muchas de las cuales conllevan símbolos, representaciones e ideales, pero también una narrativa cautivadora. Muchos de los mitólogos prefieren mantenerse en este espectro imaginativo, porque así observan la vida con una óptica diferente, atípica, supliendo entonces la objetividad fenoménica por una de orden fantástica, lo que es permisible como forma de pensamiento.

     Por otro lado, si extendemos las nociones de Evémero de Mesene, podemos entender que situaciones o contextos antiguos han sido transfigurados, metamorfoseados o alterados a lo largo de los años, en otras palabras, eventos que no fueron debidamente registrados en la piedra, en el papel o en la memoria colectiva, terminan mitologizados. Por ende, personajes de los mitos pudieron haber sido personas reales, en contextos particulares, que por razones diversas marcaron un hito en su comunidad; de allí que la oralidad esparcida a lo largo de décadas, siglos y milenios ha llegado desfigurada, es decir, en forma de mito.

     Me llamó mucho la atención que existiera historiografía dedicada específicamente a intentar revelar los misterios que están detrás de la Ciudad de los Césares, dando con una historiadora especialista en el tema, además, prima el género femenino en el interés por la ciudad. Me contenté con observar que es posible, entonces, elucubrar nuevas aproximaciones mediante la ciencia histórica. No obstante, después de años de hacer deambular mi mente en distintos mitos, sentí que, para crear una conexión entre historia fronteriza y mitología, necesitaba entonces reconfigurar, deconstruir o flexibilizar la categoría de análisis “frontera” por una más amable a este trabajo interdisciplinario, y así esparcir la niebla del mito.

     También así lo he concebido para que el historiador no se asuste ante los mitos, pudiendo explorarlos sin abandonar su episteme y tékhne disciplinaria, a su vez, sin dejarse confundir con los vaivenes psicológicos que estos atañen en primera instancia. Por ello, decidí usar una frase del Dr. Francis Goicovich para iniciar, en parte, mi inspiración: que refiere a las “fronteras como utopías”. He utilizado y ampliado esa concepción para estos fines, sumando otras dos categorías que he creado, para así establecer una tríada que sea de utilidad para el interesado. De tal modo se une lo fronterizo con lo mítico por medio de las “ciudades encantadas”: ¿es posible o no fijarlas en lo espaciotemporal?, aventuro una técnica en esta exposición: el investigador debe escoger un sitio y justificar por qué fija allí el mito.

Discusión bibliográfica

     Como este ensayo podría ser el primero de muchos, o quizás la antesala de un tratado más profundo a futuro, he decidido solo exponer las fuentes primarias y explicar someramente los resultados de las fuentes secundarias, es decir, la bibliografía sobre la Ciudad de los Césares.

     Sobre el origen de la leyenda, las primeras versiones que llegaron a oídos de Sebastián Gaboto —mientras se encontraba en una escala en Pernambuco, Brasil— indicaban la existencia de una ciudad muy rica hacia el interior de América del Sur, a la cual se podía acceder a través de un gran estuario ubicado más al sur. Véase para estos efectos Historia General de las Indias de Francisco López de Gómara[1]. Por su parte, el jesuita Thomas Falkner publicó una obra bastante detallada sobre la geografía patagónica y las regiones circundantes australes, la cual instó a que las autoridades organizaran nuevas expediciones[2]. Un siglo después, el historiador Pedro de Angelis recopiló y transcribió numerosas fuentes, crónicas y relatos sobre la urbe en cuestión, junto con el “informe sobre la ciudad perdida” de 1707, cuyo autor fue Antonio Díaz de Rojas, quien declaró haber encontrado la ciudad[3].

     En cuanto a la bibliografía, no la agotaré en esta instancia. El viajero y traductor Bayo escribió en 1913 una obra que es siempre citada, siendo una recopilación de viajes y leyendas áureas, haciendo hincapié en la ciudad de los Césares[4]. El historiador, literato y político chileno Latcham escribió en 1929 un tratado bastante completo y con perspectiva crítica, que al igual que el texto de Bayo es siempre consultado[5]. Un texto de 1951 en máquina de escribir y bastante informal indica que la ciudad está realmente en la localidad de Conlara, Argentina[6]. Otro artículo clásico es el del profesor Estellé y  su ayudante Couyoudmdjian, que junto con alumnos del Instituto de Historia de la Universidad Católica relataron con menos detalle que Latcham toda la línea cronológica[7]. El historiador Anadón en 1979 apoyó su ubicación osornina[8]. En 1981 el Premio Nacional de Literatura Alfonso Calderón dictó un discurso en la Academia Chilena de la Lengua, en el que con gran belleza y elocuencia realiza notables analogías e interpretaciones[9]. Estas son las más antiguas que hago discutir.

     Otras más actuales, en orden, son las siguientes. La historiadora Borri en 1995 le da importancia a la leyenda osornina, en cuya región sitúa la ciudad[10]. En este mismo rubro, Jiménez en 1998 aborda a la ciudad en cuestión según la expedición de Jerónimo Luis de Cabrera, entrelazando su propuesta con los encomenderos, incas fugitivos, beliches y corsarios holandeses[11]. VanWieren, desde el área de la literatura, reune en el 2005 una muy buena documentación sobre la ciudad desde una perspectiva interdisciplinaria, haciendo énfasis en la dimensión de la realidad mítica y basándose en la novela de Manuel Rojas[12]. El abogado e historiador Martinic en el 2007 opinó que la ciudad de los césares de la Patagonia rememora una leyenda hasta ese entonces desconocida del imaginario aónikenk, haciendo un gran aporte a la historiografía mítica, puesto que no la anexa al ideario hispano[13]. Un artículo del 2007 del escritor ítalo-chileno Trivero se refiere a los intentos de Nicolás Mascardi por llegar donde los Césares a través de los indígenas poyas, argentinizando la ubicación de la ciudad, aunque conectándola con Chiloé[14]. El historiador español Roca se enfocó en la isla en el centro del lago Puyehue, propia de la leyenda osornina, lugar donde estaría la ciudad incluso con una iglesia[15]. El articulista de prensa Cabrera apeló en 2012 que su ubicación podría estar cerca del lago Nahuel Huapi, en Argentina[16].

     Tieffemberg en 2015 hizo una didáctica revisión sobre las cuatro versiones principales referentes a las excusiones en búsqueda de la ciudad encantada, analizando sus puntos de conexión y entrelazamientos[17]. Alvarado se refirió con un enfoque fronterizo a la relación de Benito Delgado de 1777, quien buscó intensamente la ciudad[18]. Urbina, historiadora chilena especializada en la Ciudad de los Césares, se refirió en el 2017 a la expedición de John Narborough en 1670 en Chile, nombrando la defensa de Valdivia, los rumores de indios y las informaciones de prisioneros, para así dar con la mítica ciudad[19]. La misma autora publicó en el 2019 otro artículo tratando las noticias locales e imperiales en el proceso de conformación de la creencia en la ciudad de los Césares[20]. En el 2020 otros tres artículos abordan esta temática. Uno de ellos, el de Cifuentes, se refiere un tanto pesimistamente al concepto de utopía desecha, aterrizando toda concepción sobre el deseo reflejado a través de este mito, siendo su publicación más literaria[21]. El historiador Vega se refirió a la conquista espiritual de la tierra Magallánica, abordando a los jesuitas del Paraguay y la Ciudad que nos ocupa en el siglo XVIII[22]. Urbina continuó ahondando en la ciudad, centrándose ahora en la creencia sobre la misma que hubo desde Chiloé en tiempos de Mascardi, allá entre 1666 y 1673[23]. En 2021, solo dos artículos son encontrados, otro de Urbina, quien realizó un fantástico artículo tratando de encontrar la ubicación de la ciudad mediante toda la cartografía y mapas disponibles[24]. Finalmente, una joven historiadora Díaz quiso centrarse en el imaginario español sobre el oro en el Chile del siglo XVI, abordando el relato de la ciudad en el valor de su función performativa en el proceso de conquista[25].

     Un libro maravilloso es el de los historiadores Magasich y Beer de 1994, este explora los diversos mitos de la cultura occidental en el plano americano, explicando sus traspasos imaginativos de parte de los conquistadores, sin dejar de lado la formación de nuevos y relucientes mitos de este territorio[26]. Para comprender la manera en que los hispanos trataron y definieron al “hombre natural”, debe leerse al historiador Pagden[27]. A su vez, para examinar las representaciones por medio de imágenes mentales e imágenes artísticas, de igual modo para entender las motivaciones de los ilustradores ante los indígenas y sus costumbres en la literatura enciclopédica europea, es necesario leer al antropólogo Rubiés[28]. Para comprender la inspiración exaltada por conquistar nuevas tierras de parte de los españoles, es lectura obligatoria el trabajo del hispanista Irving[29]. Todos los autores de este último parágrafo fueron de gran utilidad como herramientas analíticas e inspirativas.

Fronteras de ambición, imaginación y delirio

     La Corona y los financistas de España permitieron la búsqueda de la prometedora Ciudad de los Césares, no solo porque su inagotable riqueza rumoreada podía beneficiar la campaña de la conquista, sino que también sirvió como incentivo a los expedicionarios para que osaran aventurarse en los espesos y difíciles territorios australes para conocer, dominar e hispanizar sus límites más extremos. Entonces, la empresa resultó de conveniencia para proteger las zonas que podían hacer susceptible la entrada de otras potencias enemigas, y para asegurar el dominio completo de los terrenos más distantes que prometía el indómito continente.

     Los libros de caballería que se venían publicando en España unos años antes y después del “descubrimiento” del continente que ahora llamamos americano, inspiró a los fascinados e inspirados lectores-conquistadores para continuar perseverantemente tanto con fuerza física como intelectual ante los obstáculos naturales del territorio que planeaban palpar. El poderoso ascendiente de la literatura caballeresca ya venía influyendo fuertemente en la mente popular española desde la primera mitad del siglo XVI; el conquistador, como elemento aventurero y dinámico de dicha sociedad, como dijo Irving, mal podía escapar a la incitación de semejantes fantasías, es más, inspiraron el afán conquistador por ir al Nuevo Mundo; la juventud del Renacimiento español se sentía estimulada hacia heroicas acciones por esos relatos que glorificaban al guerrero como prototipo de su cultura[30]. Por ende, es conveniente tener en consideración la confusa línea divisoria entre la realidad y la ficción que comenzó aquí a suscitarse. A su vez, “esta ciega aceptación de los libros de caballerías fue en gran parte el resultado de la copiosa serie de crónicas españolas —tan ricas, variadas, pintorescas y llenas de poesía— que habían florecido durante dos siglos”[31].

     Coincidió todo esto con la seguridad de un nuevo mundo habitable, como lo habían probado los descubrimientos de Colón, que era más grande de lo que se pensaba, y donde podía encarnarse plenamente el papel del héroe de manera empírica. “Animados más por el honor que por la curiosidad, estaban convencidos de que, al participar en viajes a ultramar, palparían en realidad las maravillas, las riquezas y las aventuras que se contaban en los libros populares tan seductoramente”[32]. El español en su imaginación concibió que muy seguramente existían en alguna parte de las extrañas tierras urbes doradas.

     La Ciudad de los Césares también fue conocida como Ciudad encantada de la Patagonia, Ciudad errante, Trapalanda, Trapananda, Trapalandia, Lin Lin o Elelín. Según los rumores que habían llegado y a los que me referiré tan solo superficialmente en líneas sucesivas, se encontraba en algún lugar misterioso del Cono Sur, preferentemente en algún valle cordillerano, a los pies de cadenas volcánicas o cercana a los lagos de la Patagonia entre Chile y Argentina. Esta fue buscada intensamente durante la época colonial, pues se suponía que había sido fundada, según las diferentes versiones, por españoles náufragos o exiliados, o por mitmakunas incas, y que estaba repleta de riquezas, principalmente de oro y plata.

     Como define la RAE, “ambición” refiere al deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama. Lo interesante de los relatos más principales —que podemos reducir en tan solo cuatro, así como lo ha considerado la tradición histórica, cronística y literaria— es que todos coinciden en que, primeramente, “llegaban rumores” sobre este avistamiento. Además, el que portaba el “rumor” siempre fue un personaje histórico, tanto español como indígena, que aseguró haber recibido información especial sobre la ubicación de la misma: la había avistado o directamente había estado dentro de tal reino, siendo recibido por sus particulares seres blancos, altos, con melenas y barbas rubias o albinas, en cuyos dominios la riqueza no era lo más importante, puesto que los que allí ingresaban adquirían el don de la inmortalidad, y todos se convertían en reyes de este espacio sagrado protegido por la selva patagónica, y, por tanto, en césares eternos.

     Lo curioso, es que como siempre hubo alguien para contarlo, esa persona había abandonado los dominios de la ciudad sin una razón que lo explicase claramente, pese a que una de las ramificaciones que se fueron gestando a lo largo de los siglos sobre la leyenda indicó que todo el que la había visitado debía nuevamente volver. En todo caso, podía salir para ir en búsqueda de los “puros de corazón”, y así reservarles un lugar en la gloria. Como vemos, ni siquiera estamos ubicados todavía en la mitad del siglo XVI, por ende, los españoles estaban con su imaginación muy exaltada, debido a las razones ya descritas, y creyeron todo lo que les llegó por rumor. No obstante, fue el aparato imaginativo tanto el motor como el combustible que animó toda empresa de conquista hacia los Césares, ya sea para arrebatar la fortuna, o únicamente para reverenciar en éxtasis la visión de tal maravillosa fantasía hecha realidad. La RAE define imaginación como la facultad para imaginar [dibujar] o representar en la mente las imágenes de las cosas reales o ideales. Es así que la unión entre ambición e imaginación generó que la leyenda perdurara con todo su poder cautivador hasta hoy, y que tan solo un puñado investigadores se hayan obsesionado con ella.

     Si bien la actual leyenda de la Ciudad Encantada de los Césares está basada principalmente en la fusión de cuatro historias independientes, la primera referencia histórica sobre su existencia aparece con la expedición realizada por el capitán Francisco César en 1528, en el marco de una avanzada mayor dirigida por Sebastián Gaboto en busca de la Sierra de la Plata. Como ya dije, en su estancia en Pernambuco escuchó las primeras versiones sobre una rica tierra en el interior de América del Sur. En Santa Catarina, Gaboto tomó contacto con Melchor Ramírez y Enrique Montes, náufragos de la frustrada expedición de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata de 1516, quienes confirmaron los rumores. También se enteró Gaboto de la saga de Alejo García, quien al internarse en terrenos Incas había dado a conocer las riquezas del sector del actual altiplano boliviano, aunque terminó siendo asesinado por indios payaguas. Estos testimonios convencieron a Gaboto de que debía ir hacia el sur: con estas nuevas intensiones autorizó a Francisco César para realizar su propia exploración, junto a unos pocos hombres, desde el fuerte Sancti Spiritu hacia el oeste y luego hacia el sur, viaje que marcaría el comienzo de la leyenda (nótese el apellido de quien hace la primera expedición). Sobre esta versión existe un relato de Ruy Díaz de Guzmán, quien dijo haberla escuchado de boca de Gonzalo Saénz Garzón, quien a su vez afirmó haberla oído de Francisco César. Los argumentos de Guzmán fueron criticados por José Toribio Medina.

     La segunda leyenda tiene que ver con la conquista del Perú, remontándose esta historia hacia 1524, cuando tres socios llamados Diego de Almagro, Hernando de Luque y Francisco Pizarro, que por aquel entonces vivían en Panamá, decidieron empeñar sus bienes para organizar una conquista hacia un reino del sur, que resultó ser el Imperio Inca. Esta historia es bastante larga, lo importante es conectarla con la declaración de 1553 de Blas Ponce, un habitante de Londres (Argentina), quien declaró que un indio ciego y muy viejo le había contado que tras la matanza de los mitimaes incas por parte de Diego de Almagro en el valle de Quiriquirí, los sobrevivientes habían decidido ir hacia el sur por el camino real del Inca que bordea la Cordillera de los Andes, llegando hasta un valle llamado Diamante, donde había una tierra poblada sumamente rica en la que se podía comer y beber en vasos con metales preciosos. También Ponce agrega otro relato de un soldado llamado Pedro Clavijo, a quien había conocido en Potosí, este último había participado de la expedición de Francisco César y le garantizó a Ponce el descubrimiento de un sitio con riquezas hacia el sur. A ello también podemos sumar la crónica de Miguel de Olavarría.

     La tercera versión de la leyenda se refiere a los españoles perdidos de la Patagonia, esta surgió a partir del rumor que comenzó a esparcirse sobre la existencia de una colonia fundada por unos españoles que se hallaban perdidos en la selva patagónica. Esta historia poseía además dos vertientes, siendo una de ellas la de los amotinados de la expedición de Simón de Alcazaba y la otra referente a la expedición de la Armada del Obispo de Plasencia, muy largas para ser narradas en esta sección.

     Finalmente, la cuarta leyenda y con la que prefiero quedarme, es la de los exiliados de Osorno, Valdivia y Villarrica. La Ciudad de los Césares habría sido fundada por grupos de pobladores desterrados de las ciudades sur-australes de Chile, principalmente de Osorno, y en menor medida de algunas ciudades cercanas más al norte, que son las otras dos mencionadas. Estos se salvaron y escaparon del ataque sufrido a las Siete Ciudades por los mapuches y huilliches, hecho sucedido luego del desastre de Curalaba, a fines del siglo XVI. Este grupo de exiliados habría estado compuesto tanto por españoles como por indígenas, quienes tenían una relación de apoyo mutuo. Por ende, se originó la creencia de que, en la región cordillerana, específicamente en la zona norte de la actual Región de Los Lagos y en la zona sur de la Región de los Ríos se encontraba la ciudad de los Césares, la que se creía ubicada en una isla en el centro del lago Puyehue. La versión argentina de la leyenda dice que tras la destrucción fueron un poco más allá para instalarse en las pampas del este, donde también se encuentra el lago Nahuel Huapi, que atesora la versión argentina de la Ciudad de los Césares, lugar de peregrinación del sacerdote Mascardi para encontrarla. Volviendo con la creencia chilena, en la mitad del siglo XVIII el gobierno de Valdivia realizó algunas expediciones internándose en el territorio mágico para buscar la mítica ciudad.

     Con el paso de los años estas historias diferentes llegaron a fundirse en una sola, que contenía también elementos fantásticos de la tradición europea. En ella, el poblado mítico de los españoles tomaba características de una ciudad rica en la cual sus habitantes, que eran llamados los Césares, estaban compuestos por descendientes de españoles e indígenas, quienes fundaron esta ciudad en una ubicación desconocida. Aquí habría reinado paz e incluso la inmortalidad de los que allí residían, esto por la unión mística entre ambas razas.

     Estas son las cuatro fuentes originales, pero existen muchas otras crónicas, relatos de expediciones e historias que cuentan muchos otros detalles que con el tiempo se fueron entrelazando y aglutinando. Por el momento no es posible referirme a ellas, tampoco a las diversas aventuras que hizo Diego de Rojas, Alderete y Villagra, y el padre Mascardi. Hechos que aparentemente obedecieron a la veracidad histórica durante el siglo XVI, con el pasar de las décadas y una vez entrado el s. XVII comenzaron a desdibujarse y transformarse poco a poco en verdaderos mitos, pues la ciudad no era encontrada. En el siglo XIX fue apropiada por una historiografía más seria, y en ese mismo siglo hasta los siguientes fue apropiada por la literatura, la poesía y la mitografía. A su vez, hubo expediciones estatales hasta finales del siglo XVIII, y quizás otras que fueron efectuadas por anónimos civiles.

     El hecho de que la Ciudad Errante llegara a tal nivel, se debe en lo principal a la primaria imaginación exaltada de los conquistadores debido a sus literaturas caballerescas; a la ambición de los expedicionarios por obtener terrenos, poder y riquezas materiales; y también a los permisos de la Corona para colonizar hasta el último territorio posible en esta franja. Antes bien, ya era común el ideario de “ciudades perdidas o legendarias” desde el inicio del “descubrimiento”, tradición que venía incluso de antaño con la llegada de los moros a España, donde hubo leyendas de otras ciudades que iban y venían, aparecían y desaparecían.

     El espíritu imaginativo llevado a la acción concreta por el valiente esfuerzo de hombres ambiciosos que bordeando los límites de la muerte no perdían una pizca de su osadía por alcanzar la realidad de la Ciudad de los Césares, llevó a que estos experimentaran una serie de pesadumbres tanto físicas como intelectuales. El cansancio, la extenuación y el agotamiento llevado al extremo, superando con creces los límites tanto del cuerpo como de la mente, generó en última instancia el delirio. Las expediciones eran de años, muchos muertos iban quedando en el camino, haya sido por las condiciones de la naturaleza como por la mano del indígena. Hubo falta de provisiones, y enfermedades de las que podemos solo especular, pero imaginar. Todo este estrés inagotable por la fantasía y la fuerza de la ambición rígida, llevó entonces al desencadenamiento en estos hombres del delirio, con sus diversas formas de manifestación. La RAE define al delirio como una confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia. El delirio surge cuando se han perdido los límites, además, si se persevera por continuar todavía con dicho ideal, una estructura psíquica normal entra en una organización de personalidad psicótica. La historia de estas búsquedas inició con organizaciones preparadas y equipadas, pero después de los extensos e inagotables trayectos a través de zonas peligrosas y extremas se generó la locura, que es la tónica principal de los que buscaron la Ciudad de los Césares. Por otro lado, solo dando definiciones por el momento generales y parciales, la locura es definida por la RAE como la privación del juicio o del uso de la razón; despropósito o gran desacierto; acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa. En otro momento utilizaré otra clase de definiciones que completen mis ideas.

     Los que creyeron haber visto la ciudad la describieron con lujo de detalles, unos decían justo antes de perder la cordura, por ejemplo, que, en la cima de una montaña, el espesor de la niebla de un valle lejano se esparcía y podía verse la ciudad dorada, esplendorosa y maravillosa, que con una cruz en sus alturas anunciaba la unión en igualdad de condiciones tanto de hispanos como de indígenas. Otros que directamente aseguraron el haber ingresado, se refirieron a la presencia de habitantes singulares que realmente no existen en la especie humana: estos tenían características físicas diferentes y poderes sobrenaturales, a su vez, eran bastante amables. La RAE define al espejismo dentro del espectro de las ilusiones como un concepto o imagen sin verdadera realidad, una ilusión, fantasía, quimera, apariencia, burlería delusión, engaño y fatamorgana. Lo que realmente aparecía después de la niebla movediza era realmente la nada, quizás el brillo del sol sobre las hermosas rocas del sur, o el reflejo de un lago que creaba la ilusión óptica “del ideal que se quería creer”, la rigidez de la fantasía era proyectada en fenómenos de la naturaleza, obligando al raciocinio a rechazar la veracidad de la imagen natural por una de orden ficticio. También la leyenda fue utilizada con muchos otros fines, por ejemplo, popularidad, política, protagonismo e influencia.

     Por otra parte, la frontera chileno-argentina ha sido la protagonista en la búsqueda de la Ciudad Encantada, primando su geografía: lagos, lagunas, valles, ríos, costas, montañas, cordillera y otras zonas específicas, en las cuales se atribuyó el hallazgo mágico. En todos estos lugares hoy no se encuentran suficientes vestigios arqueológicos como para comprobar que hubo asentamientos de ciudades o fuertes. Todas estas «fronteras geográficas» están al servicio de la historia, la leyenda y el mito de los Césares. Todos los relatos nos llevan a considerar entonces la Ciudad en cuestión con una “mixta nacionalidad”, pues no se ha precisado del todo en qué parte de Chile o Argentina pudo estar, de igual modo, tanto de un lado como del otro de la cordillera hemos estado discutiendo sobre el dominio territorial de la mítica ciudad, así como he podido corroborar a través de la bibliografía. Hay que considerar que el sentido de una ciudad mítica de estas características nos lleva a considerar que “camina por sí sola”, manifestándose por medio de la imaginación, el delirio y la locura en ambos lados de la cordillera, pero siempre bordeando la estrecha línea que hoy separa a Chile de Argentina, y esto a lo largo de toda su extensión vertical, pues se atestiguó su presencia desde el norte hasta la zona más austral, pese a que la Patagonia se llevó el protagonismo. No obstante, quiero destacar que es en Chile donde podemos ubicarla finalmente: a los pies del Antillanca y del volcán Casa Blanca, a lo que me referiré luego.

1. Fronteras de utopías

     Como tuve ocasión de adelantar en el desarrollo, la ambición siempre estuvo ligada a la idea de utopía. Esta última palabra es definida por la RAE como un plan, proyecto, doctrina o sistema de ideales que parecen de muy difícil realización, colocando como sinónimos la quimera, la fantasía, la ilusión, lo onírico o el sueño, invención, fábula, idealización, imaginación, ficción, alucinación, ideal y anhelo. También es posible describirla como una representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. Estas definiciones son muy ilustrativas de las emociones que se conjugaron en ese entonces, tanto de parte de los excursionistas y aventureros, como de los conquistadores y gobernadores de ciertas regiones; asimismo de los indígenas.

     Independientemente del espíritu español de conquista en el continente que hoy llamamos americano —realzado por la tradición caballeresca, siendo la lectura una de las pocas formas de entretención para la mente, además del juego y del deporte— también todo estado del ánimo quiere en algún momento llegar a ciertas relaciones de paz, aunque haya sido a través de las costumbres europeas como la encomienda u otros tratos. Por eso, más allá del sistema cultural que traían, se encontraron realmente con pueblos no del todo pacíficos; por muy grande que haya sido la astucia, por ejemplo, de Pizarro en capturar a Atahualpa, siempre hubo indígenas en diversos sectores del continente que se enfrentaron con todas las fuerzas de sus lanzas, ingenios y conocimientos del terreno. Entre los pueblos más agresivos estaban los chichimecas al norte, y podemos sumar —en resumen— al pueblo de los reches (mapuches) en Chile, siendo la Guerra de Arauco de proporciones míticas.

     De todos modos, se ansiaba cierta calma después de cada tormenta, la cantidad de muertos por ambos bandos fue incalculable. Por ello, pensemos por un momento que la búsqueda de la Ciudad de los Césares no se basó tan solo en una ambición por riquezas, sino en una ambición por paz imperecedera. La mayoría de los relatos nos hablan de una ciudad “fuera del tiempo”, donde “se habla otra lengua”, que tiene “otras costumbres y hábitos”, a veces más cristiana que indígena, y en otras ocasiones viceversa. En todo caso, allí reinaba la quietud, el poder y la gracia bajo distintas formas. Por consiguiente, su búsqueda significaba el anhelo por apaciguar el drama de la guerra y la muerte, que era la tónica principal a través de incidentes imprevistos, traiciones, engaños, deslealtades y otros valores de esta índole.

     Llegar donde los Césares significaba estar protegido, pues la ciudad cambiaba de posición, se desvanecía ocultándose, por ende, se protegía a sí misma. Una vez allí, cada hombre era por lo tanto un César, puesto que había cruzado los límites de la locura y había entrado al Mundo de las Ideas, donde el concretismo no existe. A tal punto debía ser su esfuerzo a través de las expediciones —de las escaladas de montañas y cordilleras, del nado por ríos y el traslado por lagunas, junto con las eternas caminatas— que solo unos pocos merecían entrar, y así tener por fin un lugar de regocijo donde existiera la amistad, después de tanta enemistad.

     La Ciudad de los Césares siempre ha sido una ciudad fronteriza, siempre se encontró al límite de una frontera geográfica, y, cómo podemos apreciar actualmente, al límite de una frontera constante entre Chile y Argentina. Siempre colindó con una cadena montañosa, entre lagos o entre valles, asimismo en terrenos de avanzada hispana que colindaban con otros de dominio indígena, entre otras perspectivas que podríamos sumar. Si bien siempre fue fronteriza —inclusive siendo mito, porque la ciudad quizás nunca existió— es porque la utopía que la alimentó se sirvió de la delimitación geográfica. La utopía es fronteriza, el ideal que la nutre está en constante movimiento, como indicaré más adelante, pero no por ser mito deja de estar “entre uno y otro lado” o al “límite de un lado y cerca del otro”, en frases mías.

     Las utopías imaginativas conformaron estas fronteras móviles, primero por medio de falacias o espejismos, por medio de la exageración de lo que fue posiblemente presenciado, o bien en las nuevas utopías creadas de manera individual o por un puñado de hombres para alcanzar cierta fama o reconocimiento cuando llegaban desde distantes zonas para hacer correr el rumor de sus victorias. A su vez, los indígenas muy probablemente inventaban estas historias para que los hispanos se perdieran en la nada, porque no iban a poder dominar el terreno que ellos con cientos o miles de años, desde épocas pretéritas, habían aprendido progresivamente a conocer y regir. Esto me recuerda que mientras el Imperio Inca caía, el rey había accedido a otorgar una gobernación a Diego de Almagro, llamada Nueva Toledo, que estaría ubicada exactamente al sur de la gobernación de Francisco Pizarro. Esta decisión generó nuevamente el enfrentamiento entre estos antiguos socios. Pizarro suplicó a Almagro que dejara al Cuzco bajo su jurisdicción, alentándolo a conquistar una comarca que se hallaba más al sur denominada Chile, que según los incas era muy rica en metales preciosos. Como garantía de su pedido, Pizarro prometió a Almagro que si no encontraba riquezas en Chile podía regresar para que ambos se repartirían el Perú como hermanos. Más tarde se corroboraría que las exageradas historias sobre la riqueza chilena habían sido fomentadas intencionalmente por los propios incas con el objetivo de dispersar las tropas españolas, enviándolas a combatir con los temibles mapuches y alejándolas lo más posible del Cuzco.

     He indagado en los mecanismos de la imaginación humana, asimismo en los límites de la mente y del cuerpo. La unión de dicha pasión irrefrenable por las riquezas con una ilusión idealizada de un espacio protector trascendente e imperecedero conllevó desmedidos esfuerzos tanto intelectuales como físicos para alcanzar la ciudad, del tal modo la extenuación de los exploradores solía culminar entre el delirio y la locura, asimismo en el espejismo. Por ende, esta empresa y sistema de ideales la denomino “fronteras de utopías”.

     Mi intención es el anhelo de materializar las “fronteras como utopías” en tanto categoría o herramienta de análisis para el trabajo historiográfico a la hora de comparar esta disciplina con la antropología simbólica y la mitografía.

2. Fronteras como espectros móviles

     Al aproximar la historiografía en el campo mítico —así como lo ha trabajado Urbina según indiqué en la discusión bibliográfica— hay varias maneras para lograrlo. Urbina sin desapegarse en extremo de su disciplina, utilizó una idea que también tuve en mente antes de conocer su artículo, que era lograr dar con la ubicación primordial de la ciudad por medio de la cartografía disponible. Yo propongo otra manera, un poco más arriesgada y que podría tener relación con las últimas tendencias que se están dando en historiografía, que suelen ser más atrevidas y dan más espacio a la creatividad, esto sin perder el foco de la historia.

     Digo yo que para acercarse a un mito existen dos maneras: 1) disfrutar del relato y de la exaltación de la imaginación, sin desear encontrar respuestas lógicas que podrían desvanecer la atmósfera que gratamente generan, y que es, de hecho, su función esencial; 2) tomar de igual modo el relato del mito, pero desvanecer la atmósfera por medio de la razón, para así encontrar el bagaje cultural que lo conservó, junto con su contexto de producción (si es que es posible dar con aquel), de tal modo podemos conocer las mentalidades y motivaciones de los pueblos o gentes que lo proporcionaron; también así se observa si se creó “a la fuerza” o como “producto de la decisión colectiva” o “de cierto individuo” (las frases son mías). Mircea Eliade se ha acercado mucho a todos estos estudios, siendo tal vez el principal exponente de una línea historiográfica que ha abarcado otros extremos y que se ha atrevido a traspasar ciertos límites, sin que su escuela pierda el respeto internacional que atesora.

     Al usar la segunda fórmula podemos asegurar que, para un mito de estas características, su ubicación es siempre cambiante, como si “caminara y se escapara del que quiere aproximarse”. Las ciudades míticas escondidas responden a este mitologema. Muchos otros mitos no, pues, otras amplias gamas de estos tienen ubicaciones específicas, por citar tan solo un par de ejemplos que se vienen a mi mente: la Cueva del Chivato en Valparaíso, solo allí está el chivato porteño y por ello la cueva fue clausurada; así como el pulpo que custodia el antiguo Barco de John Elder solo está en la zona del Cabo Carranza, cerca de Constitución y Cauquenes. De tal modo, con esto quiero comentar que existen millones de mitos que tienen su propio sitio y allí se quedan, pudiendo conformarse incluso como núcleos de peregrinación y acercamiento de curiosos. No obstante, la característica o el patrón mitológico principal de estas ciudades escondidas en América (para centrarnos a este continente) es que estas nunca se encuentran, por ende, son móviles. Ya he dicho que la Ciudad de los Césares es fronteriza, al igual que lo es El Dorado, Akakor o Paititi, también en América del Sur. El hecho de que estas se “muevan” o “caminen” no significa que dejen de existir, siguen estando presente en la imaginación de los encantados, y en la mente de los historiadores o literatos. El mito está vivo, como hemos visto según la bibliografía. Solo un mito se desvanece para siempre cuando deja de ser pensado, así como ocurrió con tantas culturas del ayer, que, por no guardarse ningún tipo de fuente, ni siquiera arqueológica, han quedado en el olvido.

     En el ámbito mítico todo es espectral, por tanto, la frontera de estas ciudades es “misteriosa” y “fantasmal”, pero yo he preferido usar el término espectral, que la RAE lo define como perteneciente o relativo al espectro. El espectro es móvil, acude a diversos lugares, juega con la imaginación del que le percibe o le llama; pero este finalmente puede revelarse, y en el caso de Trapananda, lo harán sus Césares conscientes de la persona que dejan ingresar, lo cual fue deliberado con anticipación, puesto que un hombre cruel no puede dar con la Ciudad de los Césares, sino solo los que pueden manejar tanto poder y secreto.

     Recapitulando, las fronteras con respecto a esta “ciudad encantada” han tenido que repensarse y reescribirse una y otra vez durante estos siglos debido a que la misma ciudad, en su calidad de urbe mágica y mítica, siempre está cambiando de ubicación. Por ende, sus fronteras están en perpetuo movimiento, no son estáticas ni precisables, lo que demanda una reconceptualización, resignificación y resimbolización del concepto de frontera, por una “espectral”. Esta nueva categoría o herramienta de análisis servirá para los que, sin querer abandonar las reglas de la historiografía, quieran adentrarse en desvanecer la atmósfera que el mito de sus intereses produce. No obstante, el mito es demandante y siempre solicita que el que se le acerque le defina: en el caso de las ciudades doradas, estas, de manera fabulosa y metafórica, solicitan al investigador que de su impresión sobre dónde se ubican.

3. Fronteras de comunicación

     El verbo crea realidades, así como indicó el pasaje del Evangelio de San Juan: “y el verbo era Dios”, es decir, la palabra bien manejada nos convierte en dioses. Todo ello es claramente fabulesco y metafórico, lo que quiere decir es que producto de la palabra podemos movernos en el mundo, asimismo construirlo, conservarlo o remecerlo. La especie Homo existe desde hace un millón y quinientos mil años, pero recién hace cien mil años se dieron todos los factores para que desarrollase unos primeros atisbos de “conciencia”, de allí que nuestra especie sea Homo ‘sapiens’, pues adquirió, por así decirlo, la habilidad de discernir, de la sapiencia. Si bien primero separó el espacio sagrado del profano, también comenzó poco a poco a construir el lenguaje en las diversas zonas del mundo donde este nació. El lenguaje es la expresión por medio de sonidos bien articulados de las sensaciones y nociones del “espíritu”, por ocupar una palabra que, aunque vetusta, no ha perdido vigencia.

     La palabra hablada, según como esta sea ejercida, muestra las intenciones de ese interlocutor, lo que piensa, lo que desea, nos revela a lo que aspira, también sus afanes y ambiciones más recónditas o visibles. Este primer nivel conlleva al diálogo, que puede darse de muchas formas. El principal problema que existió en esta zona fue la diferencia en la lengua, pero los indígenas fieles o amigos aprendieron la lengua castellana, y, por ende, pudieron servir de traductores. Los jesuitas y otros religiosos decidieron aprender totalmente las lenguas indígenas, con la intención de poder evangelizarlos y demostrar sentimientos de reciprocidad, así como lo hicieron con los guaraníes al aplicar sus sistemas de creencias. También hubo hispanos traductores, entre otros. No obstante, puede haber otras formas más onomatopéyicas para fomentar la comunicación, ejemplos puede haber múltiples, como hacer dibujos en la tierra con una varilla, la murmuración, la gesticulación, la mímica, etcétera. En lugar de recurrir a un análisis que no me corresponde profundizar en esta ocasión, mi intención es indicar que la comunicación entre hispanos e indígenas se dio bajo distintas circunstancias. Por medio de este intercambio de palabras, de este diálogo —independiente de las condiciones anímicas en que haya dado lugar— fue traspasado el conocimiento sobre la existencia de una mítica ciudad en el interior de América del Sur.

     A veces, la comunicación no es necesaria, sino solo la expresión corporal. En fin, lo importante es que los españoles lograron relacionarse con indígenas y llegar a parajes supuestamente fabulosos llenos de riquezas. Muchos de ellos fueron guiados por indígenas para llegar a estos puntos geográficos específicos. No podemos obviar que en muchas instancias fue con la intención de despistarlos, pero quizás los mismos indígenas se basaron en mitos previos de sus culturas que fueron transmitidos, por ejemplo, como ha demostrado un tanto Martinic sobre el mito aonikenk de un paraje rico en metales preciosos, creencia que pudo haber sido legada por medio del lenguaje y la comunicación a los hispanos. Podemos decir que al menos dos de las leyendas principales con respecto a búsqueda de la Ciudad de los Césares fueron delimitadas por el influjo indígena. Tampoco podemos dejar de lado otras crónicas donde los expedicionarios dieron por sí mismos con la ciudad.

     Por otra parte, a mi parecer las otras dos leyendas principales (no olvidemos que son cuatro en total las fundamentales; existiendo otras más pequeñas, que son bastante numerosas) se dieron prácticamente por casualidad. A los españoles náufragos en Magallanes no les quedó otra opción que fundar una ciudad, pero el cómo consiguieron esa riqueza es parte del mito. A su vez, los españoles e indígenas que huyeron de la destrucción de las Siete Ciudades por la sublevación mapuche en 1598 también llegaron de casualidad a Puyehue y a la frontera volcánica, fundando una ciudad rica con recursos misteriosos. ¿Habrán dado con alguna mina argentífera o de oro?, ¿habrán dado con un pueblo en extinción que solo guardaba sus riquezas?, ¿se encontraron con las ruinas de una antigua cultura desaparecida en ese entonces? No se ve probable que hayan desplazado tanta riqueza a cuestas.

     En todo caso, lo importante es destacar que la oralidad del lenguaje posee características propias de lo etéreo (porque si una palabra no es recordada se desvanece en el aire) y ello sirvió para precisar nuevas fronteras. Estas tienen las mismas características que ya he tratado en este ensayo, esto porque: 1) están basadas en la ambición y en la imaginación; 2) están basadas también en el movimiento. La palabra por ser etérea también puede ser espectral, sobre todo si nos llega únicamente de manera oral. Las “fronteras por comunicación” es otra categoría de análisis que propongo y que no debemos dejar de considerar. La comunicación indicó que en uno u otro lugar se encontraba la ciudad; en consecuencia, los lugares que fueron escogidos como certeros y que por tanto merecieron de una expedición para comprobarlo (exitosa o no), nos indica que la palabra fijó fronteras, porque ese punto geográfico colindaba de diversas maneras en una naturaleza particular. Por ejemplo, la ciudad podía estar entre valles, montañas, lagos o ríos, podía estar entre zonas antitéticas dominadas por tribus indígenas, podía incluso separar una zona hispana de otra indígena, y no menos importante, siempre su posibilidad estuvo ubicada entre uno u otro lugar alrededor de la frontera entre Chile y Argentina. Los argentinos que quieren indicar que la ciudad está de su lado del continente, siempre apelarán que está por Nahuel Huapi, cerca de Bariloche, o incluso por Conlara, como vimos más arriba, y etcétera. Los chilenos apuntamos que siempre está de nuestro lado, ya sea en Tierra del Fuego como en la Región de Aysén.

     En fin, la palabra ha ido moviendo la frontera, la palabra es de igual modo producto de la imaginación del que la articula, las palabras son símbolos creados por la lengua, estos signos son indispensables para la comunicación intersubjetiva. Cada símbolo está ligado a una representación y con ello a una imagen; esta es la característica del “sapiens”, que ha podido triangular ‘representación’ con ‘sonido’ y con ‘objeto’. Por consiguiente, la unión entre historiografía y mitografía nos lleva a tener que adaptarnos a las leyes que rigen en el mundo de los mitos, y estos debemos extraerlos de ese reino para colocarlos en la metodología de nuestra disciplina. La creación de bibliografía que investigue estos mitos específicos, que son los de ciudades áureas móviles, estará siempre incentivando un debate fronterizo, que podrá ajustarse según la predilección haciendo un uso responsable y justificado de las fuentes que tenga a su disposición. No obstante, tampoco existe una libertad fuera de órbita, debemos atenernos a los relatos antiguos para definir las fronteras de los Césares. Solo en la literatura y en la poesía es posible especular a otros niveles, así como lo hizo Miguel Serrano al ubicar la Ciudad de los Césares en una dimensión espiritual por debajo del volcán Melimoyu, y a la cual es posible acceder por medio de un recorrido iniciático, otro ejemplo es el de Hugo Silva, quien en su conocida novela la sitúa en el norte desértico de Chile. Del lado argentino, Ezequiel Martínez la ubicó en la pampa de su país, y así muchos ejemplos.

     En definitiva, lo aquí descrito nos lleva a apreciar otra forma de analizar lo fronterizo, ahora con respecto al “verbo”, es decir, a la comunicación hablada. Muchas de estas aventuras fueron verídicas en la historia, lo que difiere para nuestros efectos es la contextualización que nos ha llegado por medio del contenido del mensaje original, es decir, de la ‘palabra intercambiada’, la que fue atestiguándose tanto oral como cronísticamente, legándose hasta hoy. No podemos dejar de considerar que la enunciación de lo visto o escuchado por los expedicionarios pudo estar sujeta a los intereses y/o cogniciones de los que, básicamente, vivieron para contarlo; estos recibieron la información de la ciudad tanto de otros compatriotas, como de diversos grupos indígenas: lo que se dio por medio del ‘diálogo’. Esta simbiosis de palabras conformó un factor esencial para definir un nuevo tipo “frontera por comunicación”. Esta concepción de lo fronterizo atañe de igual modo el desplazamiento constante de los límites geográficos, esto porque la ‘palabra hablada’ es siempre etérea, a no ser que sea escrita, incluso con excepciones.

¿Dónde está la Ciudad de los Césares según mi perspectiva?

     El investigador que se sirva de las categorías o herramientas de análisis que propongo, podrá abandonar la evitación, o incluso observar con otra perspectiva todo el material que la mitografía y la mitología tiene para ofrecernos. Estos campos atañen la mentalidad de la cultura que los atesoró, haya sido esta cultura bien conformada o, para nuestro caso, de origen difuso. Al considerar que el mito “puede ser atrapado” podrá realizar historiografía. También estará trabajando con otros campos interdisciplinarios, como la antropología filosófica, la antropología simbólica, la etnohistoria, la arqueología (si es que aplica) y la psicología tanto individual como social o colectiva. No obstante, propongo que esta técnica decante siempre en una opción, es decir, que escoja el lugar de ubicación del mito (esto en caso de que esté la persona investigando un mito de características móviles o espectrales; ya me referí a la diferencia entre este tipo de mitos, de los que tienen una ubicación geográfica fija). Esto permitirá que continúe el debate sobre la elección del sitio donde el mito finalmente podría asentarse, lo que lleva a discusiones futuras, lo que es parte del proceso histórico. No obstante, ciertas afirmaciones han llegado a tener tal estatuto de verdad que dejan de ser cuestionadas, y con esto voy más allá del campo que estoy abordando. Hay hechos históricos de los que no podemos dudar, y otros que nos permiten evocar nuestra creatividad para entrar en vías o surcos novedosos, y sin dejar de caminar de la mano del método o ciencia histórica.

     Si bien existen numerosas crónicas y viajes hacia la Ciudad de los Césares (una veintena quizás), sumando los cuatro relatos históricos-legendarios principales, he optado con que el más coherente es el último de ellos, es decir, el de la versión osornina. El padre Mascardi en Argentina nunca encontró la ciudad, tan solo la muerte, así que descartamos la zona del Lago Nahuel Huapi, aunque está extremadamente cerca de la zona que aquí trato, como explicaré en lo sucesivo. No obstante, el lugar de residencia del mito de los Césares está en Chile.

     La primera de las cuatro versiones —el viaje de Francisco César— si bien originó la leyenda de los Césares, me quedo con la reconstrucción del multifacético historiador chileno José Toribio Medina, quien en 1889 publicó una obra criticando y aclarando diversos puntos ofrecidos por la versión original de Ruy Díaz de Guzmán. Medina, calculando la duración del viaje, dijo que resultaba casi imposible que César y su gente hubiesen llegando hasta el sudoeste de la Pampa o a la Patagonia, a lo más hasta las sierras de Córdoba, donde existían tribus como los diaguitas y los comechingones, que estaban influenciados por la cultura de los incas y que podrían haber contado con llamas y metalurgia, entre otros detalles. En resumen, para Medina la historia de Guzmán resultaría falsa, o más bien exagerada y poco creíble, por una serie de detalles que él aclaró. Todos esos hombres existieron, también los rumores de la ciudad, pero César y Gaboto habrían adornado fechas e hitos[33].

     La segunda versión —la de la conquista del Perú— narra en realidad “otra historia”, que es la que tiene que ver con la conquista del Imperio Inca, quedando en un plano demasiado lejano y superficial la leyenda de la ciudad de los Césares. La expedición de Almagro a Chile desde 1535 —que se agrupa dentro de la ‘segunda versión’— no entrega detalles sobre el tema que nos ocupa. Es por esta gigantesca historia que Blad Ponce en 1553 entrega el testimonio del viejo indígena catamarqueño sobreviviente a la matanza de los mitmakunas incas por parte de Almagro en el valle de Quiriquirí, quien le comentó sobre la riqueza del valle Diamante, que en términos geográficos se relaciona con el río del mismo nombre en la provincia de Mendoza[34]. Luego Ponce relata su encuentro con Clavijo, quien contó lo que le dijo Quiteria, quien contó lo que le dijo una india del Perú sobre el traslado de los incas del valle destruido hacia otra tierra de “césares”, lo que coincidía con la historia del anciano. Luego Ponce agrega el relato de Castañeda, quien había escuchado la declaración de un indio llamado Joffre, cuyo padre en un pueblo llamado Corona había conocido a Gaboto y César. Este último habría hecho una expedición, y al volver declaró haber encontrado ricos pueblos de esmeraldas y metales preciosos en dirección hacia las cordilleras de Chile. Esta versión es distante y solo se basa en los ecos de las voces, sin entregar detalles más impactantes.

     También desestimamos la probabilidad de la fundación de la ciudad de los Césares en la zona extremo-sur de Nueva León (gobernación de Alcazaba), es decir, en Magallanes. De aquí que la tercera versión —la de los españoles perdidos en la Patagonia— resulta compleja por una serie de eventos, pero marca el inicio no menos importante de situar la ciudad en la Patagonia tanto argentina como chilena. Tampoco dejo de lado la completitud y la belleza tanto histórica como mítica de todos estos relatos, que, si bien son maravillosos y conmueven a la imaginación, aun así, prefiero la cuarta versión, a la que ya me referiré. No olvidar que la tercera versión posee dos vertientes, la expedición de Alcazaba y la de Plasencia.

     La expedición del primero se refiere a la historia de los amotinados. En 1529 la emperatriz Isabel resolvió las solicitudes de dos aventureros que pretendían realizar campañas en el Nuevo Mundo, siendo uno Francisco Pizarro y el otro Simón de Alcazaba, un portugués al que se le había ordenado suspender su expedición a las islas Molucas, y que ahora pretendía que lo compensaran con una expedición de conquista a América del Sur. La flota de Alcazaba con doscientos cincuenta tripulantes partió desde Guadalquivir en 1534 e ingresó al estrecho de Magallanes en 1535, luego retrocedieron y subieron un poco por la orilla atlántica. Entusiasmados con la idea de reconocer el territorio e incluso de llegar por tierra hasta el otro mar (estaban en el Atlántico), se organizó una expedición hacia el interior del continente, rumbo al noroeste. A causa de las enfermedades, Alcazaba debió retornar hacia el Puerto de los Leones, población fundada por la expedición. Sin embargo, sus hombres continuaron en viaje durante veintidós días hasta encontrarse con el caudaloso Río Chubut, en Argentina. Es muy importante recalcar que por acá empieza a definirse el sector donde se encontraría la Ciudad de los Césares, que implica la frontera más atingente para hallarle: Chubut está a la altura de Hornopirén, al sur de Puerto Montt. Un poco más arriba se encuentra el lago Llanquihue, y un poco más arriba el lago Puyehue, que es relevante para la historia. En esa misma dirección, volviendo a Argentina y un poco más abajo, se encuentra el lago Nahuel Huapi, también fundamental para comprender la leyenda. O sea, es el sector principal, aquí habitaría, a un lado u otro de la frontera chileno-argentina, la Encantada Ciudad Errante.

     Volviendo con el relato, los aventureros que se quedaron en Chubut, por las condiciones estériles del sector y la falta de suministros, comenzaron a enloquecer. Por tanto, uno de los capitanes llamado Juan Arias desencadenó el amotinamiento: un grupo volvió a Puerto de los Leones asaltando las dos naves que componían la flota y asesinaron a Alcazaba. Junto con otro de los sublevados, llamado Sotelo, pretendieron convertirse en piratas para huir, pero no escaparon a la justicia: Juan de Mori (que no participó del motín) se encargó de suprimir la sublevación, asesinando o abandonando a los rebeldes. Y esta es toda la historia.

     Ahora, la otra vertiente es la historia de los náufragos de una expedición financiada por el Obispo de Plasencia Gutierre de Vargas Carvajal. La flota, compuesta por cuatro navíos, ingresó al estrecho de Magallanes en 1540 e inmediatamente aparecieron fuertes temporales que disiparon la expedición. La nave capitana naufragó en el estrecho, logrando salvarse el capitán Fray Francisco de la Rivera y otros 150 hombres. El segundo buque en vano intentó socorrer a los sobrevivientes, siendo arrastrado por los vientos y las corrientes hacia el sur de la isla de Tierra del Fuego, donde después de seis meses volvió a España. La tercera nave logró pasar el estrecho y llegó hasta Perú. Y del cuarto buque no se supo más, aunque se sospechó que había naufragado en algún punto de la costa patagónica.

     El primer rumor sobre los náufragos españoles aparece en 1551, llegando a oídos de Francisco de Villagra, por un lado, y de Gerónimo de Alderete, por el otro. Los rumores de muchos indios indicaban que había náufragos españoles que habían estado vagando por la Patagonia, donde fundaron una provincia conocida como Lin-Lin o Trapananda.

     Sin embargo, las primeras noticias directas sobre el hecho surgieron cuando dos de los náufragos lograron llegar hasta Concepción (Capitanía de Chile), donde relataron numerosos detalles, tanto de la ciudad de los náufragos como de las riquezas de la colonia que tenían los ‘incas en la Patagonia’. Por ello, la Ciudad de los Césares o Trapananda es siempre mestiza.

     Estos dos hombres afirmaban ser testigos de la expedición de Plasencia, llamándose uno Pedro de Oviedo y el otro Antonio de Cobos, de inmediato se inició un sumario. Según su versión de los hechos, la mayor parte de la tripulación que había sobrevivido al naufragio se había dirigido hacia el interior del continente, al mando de un tal Sebastián de Argüello (él era uno de los 150 hombres del capitán Rivera, como relaté más arriba). Pero ahora él había hecho una expedición avanzando hacia el noreste, llegando Argüello hasta una fortificación de indígenas desconfiados, pero que, tras un primer período de escaramuzas, lograron ambos bandos configurar una amistad, llegando a celebrar varias ceremonias religiosas y uniéndose españoles con mujeres indígenas. Además, habría existido un poco más arriba una rica colonia Inca en plena Patagonia, con la que entablaron relaciones diplomáticas.

     Oviedo y Cobos por alguna razón dieron muerte a uno de los soldados más queridos de Argüello y huyeron hacia la zona Inca. Allí describieron las riquezas del lugar y a su rey Topa Inca. La versión de estos dos se cruza con la de otros náufragos de los distintos buques que se habían perdido en Magallanes y que luego aparecieron. Por tanto, esta tercera versión de la leyenda es muy extensa como para ser tratada acá. Los puntos geográficos involucrados son tanto el lago Cochrane/Pueyrredón, como el lago Buenos Aires/General Carrera, entre otros sitios considerados por los testigos como sagrados. Otra versión sobre estos hechos tan extensos es la de un marino francés de apellido Ibaceta, relatada por Ponce.

     En definitiva, es tan compleja la leyenda y son tantas las perspectivas de los náufragos como de otros rumores, que resulta poco creíble y sujetable historiográficamente. La existencia de colonias incas con riquezas en plena Patagonia también resulta dudosa. Lo que yo rescato como más importante es que comenzó a configurarse la “cuadratura” geográfica más importante que atesorará al reino de los Césares, que es la que, por Chile, va desde Valdivia al sur hasta Chiloé y el norte de la Región de Aysén. Por Argentina, desde el Parque Nacional Nahuel Huapi hasta Chubut en el sur. Todas estas regiones están muy conectadas desde el punto de vista legendario a través de las centurias en torno a los mágicos césares.

     Finalmente, yo escojo la cuarta versión como la más “racional entre lo irracional”, aunque no está del todo alejada de los mitos. Aun así, me parece la más precisa y consistente. Esta es la de los exiliados de Osorno, Valdivia y Villarrica: luego de la destrucción de las Siete Ciudades en la región histórica de la Araucanía, un grupo de estas tres ciudades conformados por españoles e indígenas huilliches, habrían logrado escapar, avanzando en dirección a la cordillera. Estos habrían fundado la Ciudad de los Césares. Una versión atribuye que fue fundada en medio de la laguna Puyehue, en el lado chileno; otra versión dice que los exiliados avanzaron un poco más hacia el este, cruzando la frontera e instalándose en las pampas argentinas y hacia Nahuel Huapi. Este mito prosperó en la Región de los Lagos, y el gobierno de Valdivia habría realizado exploraciones serias para buscar la ciudad en 1777.

     Dentro de la esfera mística del mito, pero también considerando los datos geográficos, cronísticos e historiográficos —tanto desde fuentes primarias como secundarias— me parece que esta es la versión mejor configurada y la más lógica desde varios puntos de vista. Es coherente porque no existen versiones de distintas voces que se respaldan o rechazan entre ellas; es una historia plenamente dedicada a la cuestión de los césares, sin ocuparse de otras narraciones como la conquista inca; es más sólida en cuanto a la ubicación, porque todas las otras versiones no logran dar con un punto realmente concreto, sino solo con sitios misteriosos sujetos a la duda. La primera versión principal nos aproxima a la ciudad encantada; la segunda nos sugiere la misma, pero habla más de otros temas; la tercera la desordena completamente, pero la reafirma; y la cuarta la precisa. De todos modos, todas las versiones son fronterizas, y en todas podemos aplicar las categorías o herramientas de análisis que expliqué con más detalle a lo largo de este ensayo, para unir historia con mito.

     Luego de revisar harto material, junto con artículos en prensa que citaré en una versión más trabajada sobre el asunto en cuestión, he podido dar con la ubicación de la ciudad que yo pienso es la más exacta. Con esto yo quiero aportar que los exiliados de las tres ciudades de Osorno, Valdivia y Villarrica se asentaron en Chile y no pasaron hacia el lado argentino. Nunca llegaron a Nahuel Huapi, por eso Mascardi nunca la encontró por esos sectores. El grupo que se salvó de la destrucción, a mi parecer, fue más allá del Lago Puyehue, porque aquí está más que claro que no existe ninguna isla en el centro con hallazgos arqueológicos u otra clase de evidencias referentes a la metalurgia. La sola observación del lago nos confirma que no es posible que un imperio de césares se instalara al centro del mismo, no hay manera. Realmente los expulsados llegaron a los pies de Antillanca y allí se instalaron. Esto es en la falda del volcán Casa Blanca, o bien detrás de aquel. La ubicación que declaro aún mantiene cierta cercanía con las termas de Puyehue y de Aguas Calientes, sitios todos pertenecientes al complejo volcánico Antillanca. Esta nueva ubicación tampoco es tan distante del lago atribuido al mito. A continuación, imágenes de Antillanca y relacionadas.

Ilustración 1: distancia entre el lago Puyehue y el sector de Antillanca.

Ilustración 2: nótese la cercanía entre Osorno, el Lago Puyehue (el que está arriba del lago Rupanco), Rupanco y LLanquihue (Chile); el lago Nahuel Huapi, y más abajo la Villa Mascardi (Argentina). En este cuadrángulo muestro la principal zona de manifestación de este mito, junto con la línea de demarcación fronteriza actual.

Ilustración 3: en la base del complejo volcánico se habría instalado la Ciudad de los Césares (Antillanca).

Ilustración 4: alturas medias de Antillanca sin nieve.

Ilustración 5: un ejemplo de un valle del sector de Antillanca donde podría haberse instalado la mítica ciudad o fuerte.

Ilustración 6: vista desde las alturas de Antillanca. No olvidar que la ciudad se instaló en la base, en el valle, y no en las alturas, o sea, en la falda del Volcán Casa Blanca (o bien, detrás del Casa Blanca, pero también en un valle).

Ilustración 7: detalle geográfico desde las alturas del sector Antillanca.

Ilustración 8: vista de las alturas de Antillanca.

Ilustración 9: sector Antillanca, vista desde un lago o laguna.

     Otro punto de referencia es la falda del cordón montañoso que lleva al Cráter Raihuén. Desde arriba es posible tener vistas de los lagos Puyehue y Rupanco, de la colina del Tronador y de los volcanes Osorno, Puntiagudo y Puyehue.

Ilustración 10: entrada al Cráter Raihuén. Esta es otra posible zona donde pudo instalarse la mítica ciudad o fuerte. Todas las que he nombrado están muy cerca entre sí, formando parte del cordón montañoso.

Ilustración 11: ruta hacia el Cráter Raihuén.

Ilustración 12: sector Casa Blanca y Raihuén.

Ilustración 13: volcán Casa Blanca.

Ilustración 14: sector Volcán Casa Blanca.

Ilustración 15: volcán Casa Blanca nevado.

     La ciudad se instaló en la base del sector de Antillanca, o bien en las laderas delanteras o traseras del volcán vecino Casa Blanca o en las proximidades del Cráter Raihuén. No más.

     Para ir finalizando, el Informe y dictamen del Fiscal de Chile sobre las ciudades de los Césares (1782) de Joaquín Pérez de Uriondo entrega luces sobre este asunto. Allí se indica que por la Batalla de Curalaba en 1598, encabezada por Palentaro, fueron destruidas con el tiempo Siete Ciudades ubicadas al sur de Concepción, entre ellas Las Infantas (de la que no quedó nada). En Osorno sus habitantes resistieron varios años. En 1600 la mayoría de los osornenses (osorninos, hoy día) fueron rescatados y sacados de allí, perdiendo la Corona el control de este territorio. Pero cuando las tropas fueron buscar a los últimos, constataron que faltaban cerca de 300 personas, de cuyos paraderos no se tuvo más conocimiento[35].

     Casi dos siglos después de la destrucción se llevó a cabo la expedición del capitán valdiviano Ignacio Pinuer en 1777 para recopilar información e investigar el misterio de los osorneses perdidos, con ello el enigma de la ciudad de los césares, puesto que eran historias vivas. Pinuer, siguiendo testimonios de caciques y lugareños, partió desde Valdivia, pasando por el río Calle-Calle hasta Quinchilca. Uno de los grupos fue donde Puyehue, donde los mapuches les narraron la historia de la isla en el centro del lago, por consiguiente, los expedicionarios recorrieron en botes el lago y no encontraron nada. Luego les indicaron que la ciudad mágica podía estar en el lago Rupanco, un poco más al sur. Situados en este último lugar, avistaron el volcán Casa Blanca, donde hoy se encuentra Antillanca (habría que comprobar si también puede ser avistable desde Puyehue). Según dice el informe de la investigación de Pérez, el 5 de diciembre de ese año mientras observaban tal horizonte creyeron escuchar disparos y otros ruidos estruendosos, provenientes del otro lado del volcán.

     Luego de experimentar esto, volvieron a la base que habían instalado como centro de operaciones cerca de Puyehue, llamada “fuerte de la Purísima Concepción”. El 17 de diciembre volvieron nuevamente a Rupanco, donde se dividieron en dos grupos: uno de ellos recorrió el paso cordillerano, donde aseguraron haber visto en sus profundidades dos fuertes con estilo español. El otro grupo fue hacia el sur, cerca del lago Llanquihue, asegurando que habían visto una isla en el centro. Todos regresaron el 1 de enero de 1778 a Río Bueno, allí planificaron hacer una nueva expedición a estos sitios, pero nunca se realizó.

     Fascinado por el tema, Joaquín Pérez Uriondo, fiscal general del Reino de Chile, abrió la investigación e interrogó a múltiples testigos en 1782, no obstante, en ese mismo año se cerró el expediente sin resultados concretos, pero repleto de relatos fantásticos de parte de caciques, lugareños, sacerdotes e indígenas. Pérez recomendó una nueva excursión, que tampoco se llevó a cabo. Independientemente de la “isla” en el centro del lago Llanquihue, yo continúo quedándome con Antillanca por ser la ubicación “más racional dentro de lo irracional”.

Conclusión

     He podido apreciar y comprender la historia de la Ciudad de los Césares teniendo en mente tres nuevas categorías de análisis: las “fronteras de utopías”, las “fronteras como espectros móviles” y las “fronteras de comunicación”. Ello me ha llevado a plasmar una nueva forma de investigar y observar la historia fronteriza, y específicamente la que se puede ligar a los “mitos andantes”. A través de toda la narración que he traído se encuentran estas tres categorías inmersas. La primera se explica a través de la utopía por ambición, junto con los mecanismos de la mente obcecada por alcanzar un fin, sea este concreto o ilusorio. Toda imaginación tiene sus límites, porque si se conduce el cuerpo a través de extenuantes y constantes peripecias, la conciencia comienza a desequilibrarse, permitiendo la entrada al “mito vivo” a través del espejismo, la ilusión, la alucinación o la locura. La perseverancia, manifestada en el recorrido de miles de kilómetros por alcanzar una quimera, me lleva a pensar en cómo operaba la fantasía en ese entonces, asimismo en la influencia cultural detrás de la insistencia y la tenacidad, que a su vez estuvo alimentada por la literatura de índole caballeresca. Como dijo Irving, fueron estos libros los que estimularon el pensamiento heroico de este tipo, a ello se sumaron los poemas y otras crónicas por al menos dos siglos previos al “descubrimiento” del continente que ahora llamamos americano. Por ende, las fronteras han sido concebidas como utopías: algunas realizables y otras sin posibilidad.

     La segunda categoría se vio reflejada a lo largo de todo el contenido por referirnos al carácter móvil de la Ciudad de los Césares o Trapananda, la cual por esa misma cualidad fue llamada también “ciudad errante”. Para ello aclaré los mitos que son estáticos de los que están en constante movimiento, puesto que para ambos la historia fronteriza debe adaptarse. También siempre tuve la intención de juntar historiografía con mitografía o mitología, porque siento que estas últimas dos ramas no se han tocado del todo, esto por el temor de los historiadores al enfrentarse a lo desconocido, a lo que se desvanece y por lo tanto engaña. Lo engañoso ha jugado un dilema complejo para la historiografía cientificista que prima actualmente, no obstante, como vimos en la discusión bibliográfica, muchos han sido los historiadores que han querido atreverse a entrar en las esferas del mito, algunos aceptando el misticismo que de estos irradia, y otros han querido “bajar a tierra” todas las imaginaciones. Yo pensé este sistema para que podamos hacer historia sin abandonar la placentera sensación que tenemos los interesados al conocer y fantasear un mito. Por consiguiente, las fronteras deben moverse y seguir al mito, no deben ser estáticas para este caso. Siempre hay nuevas fronteras de interpretación con cada relato que fijó la ciudad en un punto determinado.

     La tercera categoría también quedó expuesta a lo largo del ensayo, porque sin la comunicación nada habría existido. La oralidad es la tónica ancestral, que por medio del traspaso transgeneracional de boca a oído ha permitido que hoy conozcamos maravillosos mitos americanos, pero ello también implicó que tristemente demasiados se hayan perdido. Pareciese que una gran cantidad de chilenos no han reflexionado suficientemente sobre todo lo que perdimos, y que jamás recuperaremos. Eso incluye todo lo que una cultura atañe, es decir, la lengua, los símbolos, los ritos de iniciación, los ritos de pase, las historias y leyendas, etcétera. Este mito moderno de la Ciudad fue creación tanto hispana como indígena, e incluso pudo ser originalmente indígena, puesto que ellos tuvieron un papel protagónico a la hora de comunicar dónde podía encontrarse tal o cual sitio enriquecido, lo cual pudo obedecer a una leyenda local o tradicional de esa etnia. Ello se combinó con la concepción ya europeizante de las ciudades míticas perdidas que traían los españoles y en sí los europeos, puesto que en muchas zonas del mundo predominan estos mitos, asimismo en África y en el Oriente.

     La mixtura de estos dos estilos de pensamiento —el indígena con el hispano— creó la interétnica Ciudad de los Césares como la conocemos hoy, pero si seguimos indagando en fuentes y/o relatos pienso que podemos llegar a información y deducciones aún más osadas, que es la invitación que hago. Por todo esto, el diálogo o la comunicación, haya sido con palabras o de manera onomatopéyica por no compartir la misma lengua, logró también ajustarse al movimiento y plasmar —al igual que las otras dos categorías— una utopía y una cualidad de movilidad. El lenguaje es movimiento, es espontaneidad, y al estudiarse las ‘fronteras’ en torno a la palabra, también pierden su rigidez, y logran asimilarse a los vaivenes que desatan los espirales de acontecimientos que ahora conforman la historia.

     Finalmente, con este método insto al investigador a que se atreva a decantar, de igual modo, su interés y curiosidad por una elección geográfica o fronteriza. Sea esto porque sintió que había más lógica en una versión que en otras. Aquí entra un tanto el sello personal, pero esto no debe estar lejano de las leyendas como tales. Los literatos pueden atreverse a colocar la Ciudad de los Césares en lugares inhóspitos, ajenos a las versiones que se nos han legado. Pero el historiador debe apegarse a las fuentes y a la bibliografía, por ende, no podría colocarla en un lugar incoherente o absurdo. Con esta técnica trasparentamos el mito: arrebatamos, o al menos más humildemente, espantamos la niebla que le envolvía; así podemos ver a personas y hechos verídicos que construyeron esa realidad mitologizada en el tiempo siguiendo a Evémero de Mesene, el hermeneuta griego, que postuló que detrás de todo mito se encuentra una historia real con personajes de carne y sangre. Somos nosotros los que ahora estamos construyendo nuevos mitos que serán leídos o analizados en el mañana, somos los artífices de la historia, tenemos poder y fuerza inmanentes para crear realidades, sea por medio de nuestras interpersonalidades, sea por medio de nuestras decisiones.

     No podemos negar que la arqueología aún no explora cada rincón de nuestro país, y pienso que, en un futuro, quizás, podríamos conocer nuevas noticias sobre asentamientos que esperan ansiosamente ser encontrados, para que alguien narre sus historias, junto con las intenciones de quienes los habitaron, los cuales otorgaron sentido a sus vidas a través del sitio (tan solo se viene a mi mente Monte Verde, con 14.800 años). El magma de los volcanes, los fuertes sismos, derrumbes, inundaciones, la nieve que todo lo cubre y otros fenómenos de la naturaleza han borrado esas huellas, disipando para siempre todo recuerdo. ¿Y si el asentamiento indígena, que ahora llamamos de los Césares, fue borrado por la naturaleza?

     Ahora, nada más que invitar al lector a que inicie su peregrinaje místico hacia Antillanca, donde verá solo planicies extensas y vacías, pero si continúa perseverando, subiendo las montañas más fatigosas, caminando a través de ríos, soportando ventiscas y nevascas, palpando la dirección del viento u observando los puntos cardinales con su brújula, o más aún, si observa las constelaciones de la noche y lo que directamente está abajo, podrá después de varios días, semanas, meses o años, observar la Ciudad Encantada, revelada en toda su magnificencia, y allí podrá decirse: “estoy colmado de ambición, imaginación y delirio”.

Fuentes

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[1] Francisco López de Gómara, Primera y secunda parte de la historia general de las Indias co[n] todo el descubrimiento, y cosas notables que han acaescido dende que se ganaron hasta el año de 1551: con la conquista de Mexico, y de la nueua España. Capítulo CIX. (Medina del Campo: por Guillermo de Millis, 1553); Zaragoza, 1555); mismo autor, La historia general de las Indias y nueuo mundo, con mas la conquista del Peru y de Mexico […](Zaragoza, 1555).

[2] Thomas Falkner, A description of Patagonia and the adjoining parts of South America: containing an account of the soil, produce, animals, vales, mountains, rivers, lakes, &c. of those countries; the religion, government, policy, customs, dress, arms, and language of the Indian inhabitants; and some particulars relating to Falkland Islands (London: Hareford, 1774).

[3] Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, Tomo I, II, III, IV, V y VI (Buenos Aires: Imprenta del Estado, 1836-1837).

[4] Ciro Bayo, Los Césares de la Patagonia. Leyenda áurea del Nuevo Mundo (Madrid: Imprenta de Juan Pueyo, 1913).

[5] Ricardo Latcham, “La leyenda de los Césares”, Revista Chilena de Historia y Geografía (1929): 192-254.

[6] Aníbal Montes, La leyenda de los cesares y la Provincia de Conlara (Córdoba: Fondo Documental Aníbal Montes,1951), recuperado de: https://rdu.unc.edu.ar/handle/11086/953

[7] Patricio Estellé y Ricardo Couyoudmdjian, “La Ciudad de los Césares: origen y evolución de una leyenda (1526-1880)”, Historia 7 (1968): 283-309.

[8] José Anadón, “Un testimonio ilustrado sobre “La Ciudad de los Césares”, Anuario de Letras. Lingüística y Filología, Vol. 17 (1979): 319-325.

[9] Alfonso Calderón, La ciudad de los Césares, Hugo Silva y algo más (Santiago: Editorial Universitaria, 1981).

[10] Claudia Borri, “La expedición valdiviana de 1777 en busca de la “Ciudad de los Césares”, Notas Históricas y Geográficas Núm. 5-6 (1994-1995): 49-98.

[11] Juan Francisco Jiménez, “Encomenderos arruinados, incas fugitivos, beliches y corsarios holandeses. Los orígenes de la expedición en búsqueda de los Césares de Jerónimo Luis de Cabrera (1620-1621)”, Anuario IEHS 13 (1998): 173-192.

[12] Rachel VanWieren, “Búsqueda y mito en otra dimensión de la realidad: la Ciudad de los Césares de Manuel Rojas” (Tesis de Magíster en Universidad de Chile, 2005).

[13] Mateo Martinic, “Los Césares de la Patagonia, ¿otra fuente indígena para la leyenda o una hasta ahora desconocida creación del imaginario aónikenk?, Magallania, Vol. 35:2 (2007): 7-14.

[14] Alberto Trivero, “La Virgen de los Poyas: ¿desde Nahuelhuapí hasta Achao?” (Chile: 2007).https://www.academia.edu/12247733/La_Virgen_de_los_Poyas_desde_Nahuelhuap%C3%AD_hasta_Achao

[15] José Luis Roca, Una isla para la Ciudad de los Césares (Oviedo: Editorial del Cardo, 2010).

[16] Sebastián Cabrera, “En busca de la ciudad encantada de los Césares”, Difundiendo saberes, Vol. 9: 13 (2012): 30-35.

[17] Silvia Tieffemberg, “Derroteros y viajes a la ciudad encantada de los Césares. Relatos y constelaciones”, Anales de Literatura Chilena, Año 16, Núm. 23 (2015): 13-27.

[18] Tamara Alvarado, “La Ciudad de los Césares en la frontera de la historia. Análisis de la relación de Benito delgado de 1777”, Intus-Legere Historia, Vol. 10:1 (2016): 53-76.

[19] Ximena Urbina, “La expedición de John Narborough a Chile, 1670: la defensa de Valdivia, los rumores de indios, las informaciones de los prisioneros y la creencia en la Ciudad de los Césares”, Magallania, Vol. 45:2 (2017): 11-36.

[20] Ximena Urbina, “Noticias locales e imperiales en el proceso de conformación de la creencia en la ciudad de los Césares (extremo sur de Chile, siglo XVII)”, en A. Martínez y M. Luque (Eds.). América: problemas y posibilidades (Madrid: Asociación Española de Americanista y Universidad Complutense de Madrid, 2019): 197-216.

[21] Claudio Cifuentes, “La utopía deshecha. El imposible freno de la plenitud al deseo”, Diálogos Latinoamericanos 29 (2020): 1-7.

[22] Fabián Vega, “A la conquista espiritual de la “Tierra Magallánica”. Los jesuitas del Paraguay y la Ciudad de los Césares en el siglo XVIII”, Protohistoria, Año XXIII, núm. 34 (2020): 159-189.

[23] Ximena Urbina, “La creencia en la ciudad de los césares desde Chiloé en tiempos del jesuita Nicolás Mascardi, 1666-1673”, Magallania, Vol. 48:1 (2020): 5-25.

[24] Ximena Urbina, “Cartografía de un imaginario: la Ciudad de los Césares (siglos XVII y XVIII)”, Historia 396, Vol. 11 (2021): 53-104.

[25] Javiera Díaz, “El imaginario español sobre el oro en el Chile del siglo XVI: el relato de la Ciudad de los Césares y su función performativa en el proceso de conquista”, Revista TEFROS, Vol.19, Nº2 (2021): 33-64.

[26] Jorge Magasich y Jean-Marc de Beer, América mágica. Mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del Nuevo Mundo (Santiago: LOM, 1994): 21-163.

[27]Anthony Pagden, La caída del Hombre Natural (Madrid: Alianza Editorial, 1988): 29-87.

[28] Joan Pau Rubiés, “Imagen mental e imagen artística en la representación de los pueblos no europeos”. En Joan Lluís Palos y Diana Carrio-Invernizzi (dir.) La historia imaginada. Construcciones visuales del pasado en la Edad Moderna (Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2008): 327-457.

[29] Leonard Irving, Los libros del conquistador (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2006): 86-130.

[30] Irving, “Los libros del conquistador”, 86.

[31] Irving, “Los libros del conquistador”, 92.

[32] Irving, “Los libros del conquistador”, 87.

[33] José Toribio Medina, Colección de documentos Inéditos para la Historia de Chile. Tomo III., 1era ed., Doc. CVII (Santiago: Ercilla, 1889): 465 y sigs.; citado por Latcham, “La Leyenda de los Césares”, 213.

[34] El cronista Jerónimo de Vivar escribió que la frontera austral del Imperio Incaico en Argentina se encontraba en este río Diamante. Él escribió: «(…) de aquí se fue a un río que se dice Diamante de poca gente. Estará treinta leguas, poco más o menos, de esta provincia donde se halló un mármol hincado en el suelo de la estatura de un hombre. Preguntado a los indios qué era aquello, dijeron que los Incas, cuando vinieron a conquistar aquella provincia llegaron allí y que en memoria que habían conquistado hasta el río pusieron aquella señal y de aquí dieron la vuelta». Hallazgos realizados en la laguna del Diamante y semejanzas lingüísticas entre el quechua y el huarpe refuerzan esta postura, véase: Alejandro García, “Alcances del dominio incaico en el extremo suroriental del Tawantinsuyu (Argentina)”, Chungará Vol.29: 2 (1997): 195-208, y García, “El dominio incaico en la periferia meridional del Tawantinsuyu. Revisión de las investigaciones arqueológicas en la región de Cuyo, Argentina”, Sociedades de Paisajes Áridos y Semi-áridos Año I, Vol. 1 (2009): 47-73.

[35] Joaquín Pérez de Uriondo, “Informe y dictamen del Fiscal de Chile sobre las ciudades de los Césares, y los arbitrios que se deberían emplear para descubrirlas, 1782”, enPedro de Angelis, Colección de obras y documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, Tomo I (Buenos Aires: Imprenta del Estado, 1836): 44-71.

Felipe De Lucas Arellano

04-02-2025

Todos los derechos reservados.

Imagen de la portada: ilustración del dibujante quilpueíno Diego Jesús Olivares, alias Gi.bil.

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