Análisis del libro «Soldados, Indios y Franciscanos en la primera frontera continental del Nuevo Mundo (1529-1695)» de Francis Goicovich

Tópico: la Guerra Chichimeca en la Nueva Galicia, primera frontera continental del Nuevo Mundo.

Análisis del libro “Soldados, Indios y Franciscanos en la primera frontera continental del Nuevo Mundo (1529-1605)” del historiador y antropólogo Ph.D Francis Goicovich[1].

Autor: Felipe De Lucas Arellano

El autor, por medio de una elegante y pedagógica pluma, nos explica con gran detalle las relaciones entre hispanos y chichimecas en el Reino de la Nueva Galicia o Gran Chichimeca. Se aborda como tema principal la evolución de tales enfrentamientos, pasándose de una conquista bélica a una conquista pacífica, la cual fue lograda en importante medida por los hijos de Francisco de Asís: los franciscanos, quienes destacaron a nivel tanto teórico como práctico. Si bien varias páginas del libro se dedican a las conquistas de Nuño Beltrán de Guzmán y otros conquistadores, a la influencia del virreinato de México y de la Corona, junto con otros detalles históricos, geográficos y climáticos de la Gran Chichimeca, entre otros, la totalidad se enfoca en dicha relación interétnica entre chichimecas y otras sociedades indígenas con los conquistadores españoles. Por consiguiente, el espacio fronterizo del noroeste de México fue el primero de todos en el Nuevo Mundo —siguiendo Goicovich el argumento de Powell—, y donde estuvieron los conflictos más dilatados y enérgicos[2], cuya mayor caracterización en esta primera etapa nos demuestra “la naturaleza brutal de la primera expedición conquistadora al corazón de la Nueva Galicia”[3], donde hubo grandes flagelos de hambre, enfermedad y muerte para todos los bandos involucrados.

     Es importante señalar a modo introductorio que los chichimecas habitaban en el norte, eran nómades y contaban con atomización política[4]; tanto mesoamericanos como ibéricos se refirieron a ellos de despectivas maneras. Hoy se llama a este inmenso territorio con la expresión de “Gran Chichimeca”, abarcando el actual norte de México y el suroeste de Estados Unidos[5]. Sobre los indios chichimecas, denominados “bárbaros”, tenían los rasgos opuestos la cristiandad según los hombres de la espada y la cruz; vale aclarar que dichos nativos chichimecas son muchas sociedades que poblaban el territorio de Nueva Galicia y regiones adyacentes[6], teniendo varias naciones, parcialidades y lenguas. A su vez, el autor nos enseña sobre otros grupos nómades que también eran oriundos de la Nueva Galicia, pero que en este ensayo no serán detallados, unos poseían temperamentos tranquilos y otros más violentos. El impulso guerrero de los chichimecas contra los españoles se justifica por un sinnúmero de razones, entre ellas, los miles de agravios sufridos, no obstante, después de seis décadas de guerra los chichimecas comienzan a ceder ante las donaciones materiales por la necesidad de supervivencia. También hay sumar como agravios a las enfermedades que trajo el hombre blanco. Mientras que los españoles exploradores del norte debían cuidarse de los fortuitos ataques de estos indios, los de la costa también tuvieron resguardo ante sus enemigos europeos que eventualmente se aventuraban en naves.

     La iniciativa de Goicovich tiene por fin, entre otros, acentuar la importante influencia que ejercieron las órdenes religiosas en la adherencia de los indios a los modos y hábitos civilizatorios hispánicos, destacando en primer lugar la orden franciscana, que se dedicó en cuerpo, alma y espíritu al proceso de hispanización y aculturación de la frontera septentrional de México. El autor señala que Bolton casi no le concedió importancia al papel desempeñado por los difusores de la fe[7], quienes fueron los reales promotores de una política de pacificación centrada en el empleo de la diplomacia, los obsequios y otros métodos. Con esto se evidencia la diferencia notable y casi irreconciliable que existió entre el hombre de la espada con el hombre del hábito negro o café. Por otro lado, esta primera línea fronteriza sirvió de inspiración para futuras conquistas tanto por guerra como por religión para el resto del todavía indómito y misterioso continente americano. Hasta ahora, da la impresión de que la historiografía de décadas y siglos anteriores (s. XIX, XX) no concedió el realce que los franciscanos merecen como protagónicos del proceso de pacificación, o bien pudo haber una valorización generalizada y no puntual de la acción religiosa en América.

     La Gran Chichimeca en el norte de México se constituyó en un punto de inflexión en la política española de la conquista[8], generando una serie de problemas para la Corona, puesto que los conquistadores velaban por la práctica belicosa para alcanzar sus fines, a su vez, los indios defendieron con la vida los territorios que ancestralmente les pertenecen. En otras palabras y para fijar este razonamiento como fundamental, ya desde el tercer cuarto del siglo XVI esta conquista es rematada y/o resignificada por el papel de los franciscanos mediante su proyecto evangelizador, logrando sus frailes el acercamiento por medios no violentos (iniciativa que se desplegó hacia otras zonas desde 1585[9]); después los jesuitas demostraron ser unos aventajados discípulos de los franciscanos.

     Más adelante, el autor dedica varias páginas a la complejidad geográfica de la Nueva Galicia, señalándonos que se dieron testimonios opuestos sobre este punto[10]. En las expediciones de Nuño de Guzmán se comprobó que el terreno era una zona muy complicada tanto geográfica como climáticamente: esto debido al calor, la humedad, los aluviones, inundaciones, pantanos (…), junto con las enrevesadas condiciones que traía cada estación del año, lo que definió a la Gran Chichimeca como una zona inhóspita[11]. Ahora nos preguntamos, ¿a qué se debe el interés tan amplio en la Nueva Galicia?, esto se responde en el hecho de que se cruzaban los intereses estratégicos del control espacial de la Corona, las ambiciones de los capitanes de conquista por alcanzar ciudades fantásticas, la exigencia de premiar a soldados con encomiendas y la necesidad de oro y plata[12]. Una de las más importantes zonas descubiertas al norte de México fue sin duda Zacatecas, región minera por excelencia[13] e importante foco de extracción desde el siglo XVI. Luis Arnal nos explica que los descubrimientos de las minas y campos agrícolas en el septentrión novohispano, así como el rápido crecimiento de la ganadería durante el siglo XVI, permitieron que se pasara de una etapa de apropiación territorial, en sitios previamente ocupados por una población local organizada y sometida en cierto modo por la tenacidad de las órdenes mendicantes; a otra en la que las grandes extensiones de tierra fueron acaparadas en un afán de búsqueda de prestigio, poder y complemento del sistema de producción y abasto de los campos mineros[14].

     Paralelamente, llama la atención la existencia de ruinas monumentales en la época y territorio de los chichimecas, lo que generó una contradicción para los observadores e historiadores antiguos: esto se resuelve en que pertenecían a las anteriores culturas Mesoamericana y Aridamericana[15], cuyas fronteras en relación con la “cultura del desierto” experimentaron retrocesos y avances al compás de cambios climáticos y oleadas migratorias. En todo el suroeste de Estados Unidos y el norte de México se desarrolló —varios milenios antes— una “cultura del desierto”, donde muchos de sus elementos perduraron hasta la llegada hispana. Esta última cultura perteneció a un conjunto de estrategias adaptativas sobre el desarrollo de tecnologías de caza, pesca y recolección en un medio caracterizado por la escasez de agua[16]; es entonces más antigua que la tradición Mesoamericana, datándose sus orígenes en 7.000 años, cuando estuvo el Optium Climatico[17].

     Ahora, retomando las pretensiones de fama y riqueza de los conquistadores en estas tierras, como dice Goicovich “la esperanza cedió su lugar a la desilusión y el desengaño”: el descubrimiento de ricos filones de plata atrajo a más hombres y recursos a las regiones desérticas, aun cuando la Gran Chichimeca representó un desafío para el modelo hegemónico desplegado hasta ese instante en el Nuevo Mundo[18]. Ya para 1521 Hernán Cortés era el vencedor de los aztecas, sin embargo, Nuño Guzmán fue nombrado por la Corona en el cargo de presidente de la primera Audiencia de México en 1528, lo que le trajo la enemistad de Cortés; también cuando Guzmán recibe la autorización de explorar el norte del país aventaja a Marqués del Valle, quien había cultivado también grandes éxitos[19]. Por consiguiente, Nueva Galicia se convirtió en una unidad geoadministrativa del Imperio Español, lo que produjo una tensa relación interétnica por casi seis décadas[20], como ya se ha dicho. Es así que lo fronterizo fue percibido como un espacio a conquistar por medio de la guerra, que era un método válido para los españoles. A continuación, algunas citas relevantes:

“Aunque los defensores de los derechos indígenas, tanto dentro como fuera de la Nueva España, hicieron un juicio severo de la expedición de Nuño Beltrán de Guzmán, a quien acusaron de poner ‘toda aquella tierra en la ordinaria y pestilencial servidumbre tiránica, [en la] que todos los tiranos cristianos de las Indias suelen y pretender poner aquellas gentes’, el conquistador español actuó convencido de que sus acciones iban en directo beneficio de la Corona”[21].

“Cuando Carlos V expidió la Real Provisión del 2 de agosto de 1530, prohibiendo la servidumbre de los indios aun en los casos de guerra justa, Beltrán de Guzmán manifestó su molestia argumentando que la Nueva Galicia era un territorio de difícil asentamiento y comunicación por la hostilidad de los naturales, por lo que la esclavitud tenía el doble método de ser el medio más eficaz para someter a los rebeldes, y una compensación a las penurias y privaciones sufridas por los conquistadores, quienes arriesgaban sus vidas en pro de la monarquía y grandeza de España”[22].

“Las entradas pioneras al septentrión de la Nueva España y otras regiones del continente causaron tanta polémica en la metrópoli que la Corona no tardó en tomar medidas para controlar el impulso avasallador de los conquistadores. Por Real Cédula del 9 de julio de 1546 se prohibió todo nuevo descubrimiento, población o conquista, y el 31 de diciembre de 1549 una nueva cédula extendió la prohibición a las entradas y rancherías. A pesar de estas y otras medidas legislativas, la violencia corporal y la práctica esclavista fueron por largo tiempo el martillo y el cincel con que los colonizadores pretendieron labrar fortunas y moldear la voluntad de los naturales de la Nueva Galicia”[23].

     Sobre las vetas argentíferas, las minas de Zacatecas fueron descubiertas por Juanes de Tolosa en 1546 —todo eso dejó en evidencia que el interés económico de los mineros fue más poderoso que su temor, como dice el autor—. Esto aumentó el crecimiento demográfico de Zacatecas tanto con españoles como mestizos, negros e indígenas. Arnal dice que con el descubrimiento de las minas de Zacatecas en 1548 se da un salto a través de las líneas chichimecas, ya que la ruta estaba bien definida hasta Querétaro, y se establece el “camino de la plata”[24]. El levantamiento y desarrollo espontáneo de estos asentamientos mineros trajo múltiples problemas, ya que fueron constantemente atacados por chichimecas y otros indios para proteger lo que les pertenecía y dar muerte al atrevido invasor. Estos sitios de extracción fueron respaldados pocas décadas más tarde por una legislación que pretendía apaciguar el ánimo de los nativos, conminándolos que ‘se recojan a vivir en pueblos políticamente’, donde serían instruidos en los misterios de la fe, apartándolos de la costumbre de ‘asaltar, robar y matar por los caminos a los españoles e indios que están de paz’[25].

     Como vemos, una de las técnicas que comenzó a gestarse en el raciocinio del conquistador fue la de evitar a toda costa el estilo de vida nómade y libre de los indios para poder asentarlos en pueblos o ciudades, apelando que la vida en la naturaleza abierta propiciaba el instinto primitivo. Aun así, esta idea no será plenamente aplicada sino décadas después. “En la concepción europea el hombre salvaje estaba condicionado por el ambiente hostil en que se desenvolvía, moldeado en su mentalidad por la dureza de su modo de vida y carencia de razón, pero esta condición podía ser rectificada mediante la aculturación”[26]. Con este modo de pensar y formulación de medidas, la Corona no hacía más que proseguir con una política de civilización en el sentido romano de civitas, es decir, la personificación de la sociedad en la ciudad, centro de todas las transformaciones y de todas las virtudes[27]. Cecilia Sheridan nos comenta que entre los diversos intentos del gobierno colonial para dominar el norte, la misión —como espacio de control y ordenamiento colectivo de las poblaciones nativas— nació inscrita dentro de una política claramente orientada a sustituir la fuerza de la guerra por el afán de transformación de las culturas nativas[28].

     Para cuidar de su seguridad, los españoles crearon poblados defensivos, también delinearon la ruta llamada Camino Real de la Tierra Adentro, más otra serie de vías secundarias que unían estancias con centros de explotación. Eso sí, el conocimiento perfecto de la geografía por parte de los indios siempre complicó todos sus planes. Para levantar dichos caminos se usó mano de obra aborigen local a la fuerza; luego, para mantener con provisiones a los hombres que los cruzaban fue necesaria una frontera agraria que iba detrás de la frontera minera[29]. Independientemente de todos los avances hispanos, los chichimecas amenazaron siempre las minas, haciendas y caravanas que sostenían la economía de la Nueva Galicia, logrando la inseguridad en las rutas y comarcas septentrionales, lo que en consecuencia provocó fluctuaciones en la producción minera[30]. Continuamente en el tiempo, otro problema que surgió fue la depreciación, pasándose de la extracción minera a cielo abierto a la dificultosa minería subterránea, junto con la transición de la fundición con azogue a la con mercurio[31]. Otro dato muy interesante que ha podido observarse a través del cine norteamericano de Oeste, y que nos recuerda también las culturas euroasiáticas que montaban caballos, es que los chichimecas de la Nueva Galicia fueron los primeros nativos del continente en desarrollar una cultura ecuestre: de aquí que transitar por las rutas septentrionales de México en las últimas décadas del siglo XVI era un riesgo que debía correrse a fin de asegurar el suministro de plata hacia la metrópoli[32].

     Otro largo debate del que no ahondaremos es el que expone el autor sobre la esclavitud, los soldados y las fugas, pues “la esclavitud chichimeca fue un tema de discusiones y disputas entre los actores hispanos del espacio fronterizo casi desde el primer día”[33], de aquí que hubo críticas legales y morales desde religiosos, virreyes y letrados observantes de las leyes, junto con las opiniones de los “hombres prácticos”[34]. Las Leyes Nuevas ya no proclamaban la guerra con autoridad legítima: antiguamente era justificada la esclavitud, pero siendo todavía aceptada hasta ese entonces por teólogos y jesuitas, adaptación que trajo amplios debates. A la altura de estas páginas de su libro, Goicovich detalla las instituciones y ordenanzas que prohibían las arbitrariedades hispanas. Finalmente, esto trajo la rebelión del Mixtón, donde la Real Audiencia de México aprobó la esclavitud en contra de los dictámenes reales y papales, convirtiéndose los nativos en mano de obra para los poblados, villas, haciendas y minas hispanas[35]. Algunas citas que nos parece importante recalcar:

“La naturaleza del indio, que fuera asunto de apasionados debates jurídicos y teológicos a lo largo del siglo XVI, fue inicialmente considerada dentro del marco de la psicología de las facultades: si eran incapaces de vivir políticamente, aislados en su paganismo, con tecnologías primitivas y costumbres ignominiosas como el canibalismo o la poligamia, entonces eran seres humanos imperfectos”[36].

“El término ‘bárbaro’, el rótulo más utilizado por conquistadores, letrados, misioneros y demás testigos de las sociedades del Nuevo Mundo, detentaba en aquellos días un doble matiz: el relativo, en alusión al extranjero incomprensible por su lengua y costumbres, y el absoluto, para referirse a las prácticas brutales que excedían los marcos de tolerancia del mundo cristiano”[37].

     Si bien la Bula Papal Sublimis Deus de 1537 zanjó definitivamente el asunto de la humanidad de los indios, su promulgación no alteró la imagen general que los colonos tenían sobre ellos, especialmente en las zonas fronterizas, como bien nos subraya Goicovich. En relación al presidio, Faulk señaló que fue una de las tres instituciones coloniales —distintas, aunque vinculadas— que utilizó el imperio español en su avance hacia el norte desde el México central hasta lo que se conoce hoy como sudoeste norteamericano. Las otras dos fueron la misión y la colonización civil[38], que serán abordadas más adelante en este ensayo. No obstante, el texto de Faulk trata en mayor medida una época posterior a la que ahora estamos discutiendo, similar a lo que ocurre con el artículo de Arnal, así que solo son útiles ciertas observaciones iniciales de los mismos. Situados en este punto, Arnal dice que la palabra conquista no se puede relacionar con la misión y el presidio, los dos instrumentos de aculturación y poblamiento más importantes hasta el siglo XVIII[39].

     Sin profundizar en otra serie de temas interesantes expuestos en el libro, solo tenemos la intención de indicarlos: por ejemplo, las traiciones de los españoles a los indios, que no distinguían entre líderes, mujeres o niños[40]; las enfermedades llevadas al Nuevo Mundo, como la viruela, sarampión, influenza y tuberculosis, que se tradujeron en una alta tasa de mortalidad[41]; también el cómo se usó el sistema de tributos[42]; y los problemas con la escasez de la moneda[43].

     Quedándonos con el tema de la violencia simbólica[44], “un aspecto igualmente represor fue el ensañamiento desplegado contra aquellos elementos que consolidaban la integración social de las agrupaciones. Los dispositivos más poderosos eran el culto a los antepasados, los objetos sagrados, y el conjunto de usos y costumbres que reactualizaban la unidad del grupo a lo largo del ciclo anual”[45]. Se ha podido comprobar a lo largo de la historia universal que toda cultura, civilización o imperio que vence a otro, realiza una destrucción, intercambio o fusión del panteón idolátrico: en muchos casos los dioses de culturas anteriores se convierten en demonios para las vencedoras, o simplemente se erradican y desprecian a los ídolos de la precedente. Para el caso de la hispanización y en el contexto que estamos tratando, la técnica fue la supresión total de los dioses e ídolos indígenas para quebrar entonces los pilares que sostienen la homogenización del “alma grupal”, por ello es siempre lapidaria y efectiva, también podría titularse como “política de extirpación de idolatrías”. Por ende, en la Nueva Galicia tanto militares como franciscanos llevaron adelante una búsqueda y destrucción de objetos fetiches[46] para levantar sobre las ruinas los templos e iglesias cristianas, además, el principio evangelizador ocultó fundamentos económicos.

“La destrucción veleidosa de elementos sagrados no era una cuestión menor. En medio de una crisis social y económica gestada en el trauma del contacto, el afán revanchista de los naturales, alimentado por la ocupación de sus tierras, la esclavitud indiscriminada y el deterioro de sus ecosistemas, se reforzaba con la pérdida irreparable de los amuletos que amparaban su devenir en el mundo”[47].

      Otro tema importante para tocar son los indios aliados, algunos de ellos llamados “indios madrineros”, estos últimos eran pedagogos nativos que servían a los chichimecas recién reducidos, dándoles ejemplos de obediencia y cristiandad. Se considera como indios madrineros, por ejemplo, a los tlaxcaltecas, que según Sheridan (y como veremos más adelante en este ensayo) fueron tradicionalmente aliados de los conquistadores españoles, puesto que establecieron un vínculo social explícito con las pretensiones españolas de dominación del conflictivo norte novohispano; en otras palabras, ambos grupos tenían equivalentes intenciones de dominar los espacios irreconciliables para transformar a sus habitantes al nuevo orden colonial[48].

     Pese a todo lo acontecido hasta este instante histórico, es necesario pasar a la importancia misionera de los franciscanos, como bien lo destaca el título de la obra que trato. “El fracaso de las medidas represivas llevadas adelante ‘a fuego y a sangre’ dio por resultado la implementación de una política misional que, a la larga, rindió frutos mucho más promisorios”[49] […] “La labor franciscana de pacificación de los chichimecas, desplegada sin contrapeso por disposición real a partir de 1586, representó una innovación exitosa en el desenvolvimiento de la relación fronteriza, toda vez que permitió alcanzar los objetivos colonizadores de control espacial y poblacional sin mediar la espada, ambos pilares insoslayables de la expansión imperial”[50]. Con este diseño e implementación de religiosidad los padres franciscanos pretendieron seguir el modelo misional de los antiguos Apóstoles, quienes trabajaron en directa relación con los infieles y sin el abrigo de armas. En consecuencia, el proyecto misional se inspiró en un intento por reconstruir las formas olvidadas de la cristiandad primitiva, haciendo hincapié en las configuraciones de la vida social por medio de la organización territorial, civil y política. El proyecto se inició de manera excluyente en Venezuela, llamada región de Paria, que fue escogida porque allí no había españoles. Como avalan las fuentes de la época: donde había españoles no era posible hacer predicación, ni doctrina, ni conversión de los indios, sus daños eran ya irreparables en las mentes y espíritus de los diversos grupos nativos, a su vez, el uso insistente de sus técnicas bélicas, incluso ante el rechazo de la corona y de las bulas papales, mostraba una irreverencia que parecía no tener límites, por tanto, la manera de proceder de los conquistadores españoles no podía lograr el apaciguamiento de la ira de los chichimecas.

     Primeramente, el proyecto dominico contó con un fuerte apoyo real y sus seguidores fueron los franciscanos. Los intentos de los dominicos culminaron en horribles tragedias para sus miembros, transformándose en mártires. Volviendo sobre un punto ya introducido, estas órdenes religiosas ocuparon el método o modelo de Cristo, asimismo el legado de los Apóstoles y las enseñanzas de San Francisco de Asís; también se usó la ciudad para practicar la predica en seguridad. Todos los frailes estaban muy bien al tanto de la inminente posibilidad de morir en regiones apartadas. Adicionalmente, las metodologías misioneras se acomodaban a los contextos, sin un discurso común —al contrario, hubo varios debates en los mismos franciscanos con respecto a cómo llevar a cabo las misiones, en ocasiones todo se podía reducir a ciertas dualidades—. A su vez, los franciscanos se diferenciaban de los jesuitas porque estos últimos creían en la Guerra Defensiva[51]. Empero, también hubo franciscanos torturadores y que mataban a los indígenas para extirpar la idolatría, cuyo máximo ejemplo fue Diego de Landa. Continuando, teólogos y juristas de la orden franciscana mostraron posturas irreconciliables en diversos puntos, a pesar de eso, la postura mayoritaria fue la de un acercamiento pacífico con los naturales[52]. Aquí se inicia el largo camino hacia la paz consensuada, fundada en la necesidad de convertirlos en seres virtuosos por medio de la instrucción y el ejemplo, ello significaba una transformación primero terrenal y luego espiritual que incluía lo social, personal y familiar, junto con lo económico-laboral y lo cultural. La meta fue transformar la compleja heterogeneidad cultural, donde los hombres del hábito café tuvieron un papel destacado.

     Algunos puntos aleatorios: los principios teóricos de la actividad misional fueron plasmados en el Códice Franciscano; otro corpus relevante fue la Crónica Miscelánea[53]; el proceso de conversión de los nativos siguió un modelo evangelizador. Para ellos los indios eran a pesar de la idolatría seres racionales creados a la imagen de Dios, capaces de alcanzar la redención, y que al igual que el resto de la humanidad eran descendientes de Adán[54]. Para lograr este proyecto hubo largas, extenuantes y arriesgadas excursiones misioneras, cuyo objetivo fueron los niños, pues se los consideraba casi como “páginas en blanco”, donde si bien conocían algo de idolatría, aún era posible educarlos; la estrategia se basaba en que estos niños podían enseñar a sus padres y a los demás. Así se promovió una enseñanza de lectura y escritura, de música, pintura, uso de imágenes para instrucción, que fue fundamental; uso del canto, donde los franciscanos observaron que, si bien antes cantaban y bailaban para sus ídolos, ahora podían hacerlo para el Dios cristiano; teatro catequizante e instauración de fechas de calendario litúrgico. Los niños más avanzados solían ser los hijos de los caciques; y vale acotar que los jesuitas siguieron también este modelo. Por otra parte, hubo un debate entre la castellanización o el uso de lenguas locales en el sistema de aculturación.

     Toda esta profesión franciscana en pro de la evangelización bajo condiciones tan aciagas fue una tarea verdaderamente titánica, como dice el autor. Pues, al estar inspirados por un afán místico fueron impulsados a descubrir o erigir el paraíso terrestre (…), con la convicción de que el Nuevo Mundo era una oportunidad para levantar la Ciudad de Dios de San Agustín[55]. Por ende, formar parte de una obra tan monumental al servicio del Creador era garantía inequívoca de la gracia divina y clave de la salvación. “Sangre, sudor, y lágrimas fue el precio que los franciscanos debieron pagar por su devoción misional, las mismas que derramaron el Salvador y sus discípulos para la conversión del mundo”[56]. A este respecto, como nos enseña Faulk: aventurándose los misioneros en una hostil geografía, estos difundirían el evangelio y la buena nueva de la cristiandad; los indios convertidos serían agrupados en misiones donde los padres jesuitas o franciscanos les impartirían instrucción; los misioneros serían protegidos por soldados, que se alojarían en presidios próximos a los establecimientos religiosos; los soldados brindarían la fuerza física requerida para persuadir a los nativos, pero la fuerza se emplearía únicamente cuando fuera necesaria para obligar a los paganos a adoptar una actitud receptiva ante las enseñanzas de los misioneros[57].

     Los misioneros no solo fueron agentes religiosos, sino también políticos y civilizadores, elementos vitales del sistema colonial español, como explica Goicovich. Para lograr todo el proyecto fue fundamental el uso de habilidades retóricas y discursivas (como es requisito en las virtudes de los líderes religiosos, o para los que aspiran a serlo), que fue absolutamente necesaria para convencer al auditorio, sirviéndose en muchos casos de intérpretes. Asimismo, los misioneros iban con muchos obsequios para ganar confianza; a la larga, todo se volvió en un coloquio mutuo y trato cotidiano. Regalaban banquetes y alimentos, y a veces eran retribuidos con frutas de partes de los indios u otros agasajos. Otro argumento que refuerza la paulatina adherencia de los chichimecas se justificaría en que la falta de recursos silvestres debido a la depredación incontrolada de los bosques para la actividad minera pudo jugar un papel central en este acercamiento a los frailes dadivosos[58].

     Prosiguiendo en las tácticas, luego de hacerlos benévolos y sumisos, el siguiente paso era asentarlos en ciudades, apartándolos de las formas primitivas de vida. Es importante recalcar que estaba prohibida la entrada de los españoles en estos objetivos. Para Goicovich, ganarse a los naturales significó satisfacer cuatro puntos[59]. El tratado Guerra de los Chichimecas de 1575 del fray Guillermo de Santa María es prácticamente un manual para proseguir el proyecto franciscano. Con todo, se abandonó el término “conquista” por el de “pacificación” como una nueva forma de aproximación a las sociedades indígenas asentadas en las regiones nortinas, centrales y extremas del Nuevo Mundo. Independiente de lo anterior, resulta sustancial señalar que la Corona ganó muy mala fama tanto dentro como fuera de las fronteras ibéricas —lo que incluye a los otros países europeos—, por ello se empezó a hablar de una “leyenda negra” cuyo contenido respondía a una propaganda negativa para deslegitimizar la expansión hispana al nuevo continente[60].

     Poco a poco surgieron distintos Concilios Provinciales donde se trataban materias diversas sobre aspectos jurídicos y doctrinales, lo mismo con el estatus de la población nativa y los problemas que les afectaban, temas de repartimientos, legalidad de la guerra y otros. Como era de esperarse, aquí hubo un bando de los pacifistas y otro de los esclavistas/guerrilleros. Al final, la resolución dio primacía a la predicación como medio de difundir la fe, junto con la obligatoriedad de conocer las lenguas indígenas para llevarla a cabo y la confesión para poder cumplirla. También se rechazó la esclavitud, culpando a las entradas españolas por actuar en contra de los ideales puros de la cristiandad. Sin duda que hubo voces de oposición, pero fue decisivo el culpar a los españoles por hostigar a los indios. Otra observación que entrega luces es que, en definitiva, la vía pacífica era menos costosa y más prometedora que un ejército, por ejemplo.

     En otro orden de ideas, Miguel Caldera fue un mestizo que sirvió como intermediario cultural, asimismo para la diplomacia interétnica. Él fue criado desde niño por misioneros franciscanos, no obstante, pese a su mezcla de sangres, fue considerado por algunos como poseedor de una ideología “más hispana que chichimeca”[61], lo cual también se vio reflejado en su manera de operar. Tuvo Caldera una gran ambición de ascenso social, que logró conseguir. Luego concretó alianzas y logró bastantes metas porque tenía conocimientos y experiencia con ambas formas de vida, es decir, hispana e indígena, tampoco es posible obviar su severidad. También vale acotar que Caldera recibió el apoyo de los virreyes y otros funcionarios que ostentaban poder administrativo.

     Una vez transcurridos algunos años se respiraba más tranquilidad en las rutas de la Nueva Galicia. Para lograrlo fue necesario el apoyo de un gran contingente de indios cristianos de Tlaxcala[62], de hecho, los tlaxcaltecas tenían capacidad negociadora y, a cambio, se les concedió muchos privilegios, teniendo incluso la condición de hidalgos por sus éxitos. Lo mismo nos dice Sheridan al hacer notar que entre los privilegios pactados con los tlaxcaltecas se les garantizó perpetua hidalguía para ellos y sus descendientes, así como la exoneración de todo tributo, pecho, alcabala y servicio personal[63]. En definitiva, las relaciones entre chichimecas y tlaxcaltecas fueron exitosas para la pacificación. Eso sí, la región no estaba pacificada del todo, pues hubo nómadas indómitos que mataron a españoles e indios tlaxcaltecas[64], pese a estos eventos, el virrey se mantuvo firme en su postura no belicista, y recurrió a Miguel Caldera para apaciguar a los sublevados mediante el diálogo, lo que, sumándose a sus éxitos, efectivamente logró. También hubo futuras misiones franciscanas que imitaban el esquema de Caldera.

     Ya cerca del final del libro que tratamos, se explica que la política de pacificación fue usada por los virreyes de la Nueva España desde 1585, como tuvimos ocasión de indicar mediante otros argumentos más arriba, la cual mostró un apego total a la no violencia. Muchas partidas chichimecas encontraron en las congregaciones un espacio de refugio en el que tenían asegurado el sustento[65]. Pese a que para los chichimecas y tlaxcaltecas no había un simbolismo jerárquico, la integración entre ambos grupos no fue tan fluida en las primeras etapas[66], pues los segundos mantuvieron también una actitud elitista. Finalmente lograron absorberse y unificarse en una sociedad más compleja.

     Para ir terminando este ensayo, me voy quedando con el comentario de Powell: la Guerra Chichimeca (1550-1590, cronología de dicho autor) fue el más largo, continuo y destructivo conflicto entre fronterizos guiados por europeos e ‘indios primitivos’. Tal conflicto constituyó una grave tensión para las sucesivas administraciones virreinales en la Nueva España, y una lucha de vida o muerte para los que vivían o viajaban allí. La defensa y represalias contra los chichimecas no resultaron efectivas en esencia, por lo tanto, tuvo que por fuerza lograrse una “paz comprada”, políticamente aprobada por el gobierno y apoyada por desembolsos. Es así que esta Paz Chichimeca (1890-1603) estableció prácticas que comenzaron y crecieron en las circunstancias especiales de la guerra y su final, y sentó un modelo de diplomacia y pacificación para gran parte de la secuencia expansionista hispanomexicana en Norte América[67]. En palabras de Goicovich: “la pacificación del norte de la Nueva España fue el resultado de una hábil combinación de diplomacia, obsequios y conversión religiosa”[68] […] “el esfuerzo pacificador fue realizado con tanto empeño y de manera tan eficiente, que para 1588 se podía circular sin contratiempos desde Colotlán (…) hasta San Luis de la Paz”[69]. Entonces, se les dio de comer, vestir, junto con otros sustentos materiales para vivir, etcétera, sumándose los buenos tratos, acuerdos mutuos y la protección.

     La política de pacificación dio resultados satisfactorios a mediano plazo[70]: hacia 1598 había un total de 24 monasterios franciscanos; luego lograron que 7659 indígenas fueran tributarios hacia 1604, acudiendo todos ellos a las doctrinas de varias religiones, que fueron las de franciscanos, dominicos, jesuitas, agustinos; entre otras metas alcanzadas mediante la planificación o la espontaneidad, es así que el temor a los asaltos se había convertido tan solo en una sensación esporádica. Con el transcurso del tiempo se configuraron nuevas identidades por la interacción cultural y biológica de las tres culturas ya tratadas. Es así que los barrios se sintieron con más confianza como para erigir y adorar tranquilamente a sus santos patronos cristianos. Por consiguiente, más de media centuria debió transcurrir para terminar con la Guerra Chichimeca en la planicie central de la Nueva España[71]. Como hemos podido corroborar, no es conveniente dejar de lado para futuras investigaciones fronterizas americanas la importancia que tuvieron los religiosos, donde destaca en mayor medida la mezcla entre el ánimo templado, la retórica y la temeridad. A su vez, hoy día los chichimecas continúan su cultura y ancestral libertad en la zona del norte de México, muy probablemente portando la histórica melancolía transgeneracional por la destrucción de su espacio prístino, como también ocurre con todo superviviente indígena del continente.

Referencias bibliográficas

Arnal, Luis. “Los presidios del siglo XVI al XVIII en la frontera Novohispana, una forma de hacer poblaciones”. En Atas do IV Congresso Internacional do Barroco Íbero-Americano. Ouro Petro (Brasil: 2008): 1038-1055.

Faulk, Odie B. “El presidio: ¿fuerte o farsa?”. En El México perdido. Ensayos escogidos sobre el antiguo norte de México, 1540-1821. Ed. David Weber. México D. F.: Septentas, 1976.

Goicovich, Francis. Soldados, Indios y Franciscanos en la primera frontera continental del Nuevo Mundo (1529-1605). Santiago: Editorial Universitaria, 2017.

Powell, Philip Wayne. “Génesis del presidio como institución fronteriza, 1569-1600”. Estudios de Historia Novohispana 9 (1987): 19-36.

Sheridan, Cecilia. “’Indios Madrineros’. Colonizadores tlaxcaltecas en el noreste novohispano”. Estudios de Historia Novohispana 24 (2001): 15-51.


Notas

[1] Francis Goicovich, Soldados, Indios y Franciscanos en la primera frontera continental del Nuevo Mundo (1529-1605) (Santiago: Editorial Universitaria, 2017).

[2] Goicovich, “Franciscanos”, 51.

[3] Goicovich, “Franciscanos”, 55.

[4] Goicovich, “Franciscanos”, 38.

[5] Goicovich, “Franciscanos”, 38-39.

[6] Goicovich, “Franciscanos”, 41.

[7] Goicovich, “Franciscanos”, 15.

[8] Goicovich, “Franciscanos”, 16.

[9] Goicovich, “Franciscanos”, 188.

[10] Goicovich, “Franciscanos”, 20.

[11] Goicovich, “Franciscanos”, 25.

[12] Goicovich, “Franciscanos”, 25.

[13] Goicovich, “Franciscanos”, 29.

[14] Luis Arnal, “Los presidios del siglo XVI al XVIII en la frontera Novohispana, una forma de hacer poblaciones”, en Atas do IV Congresso Internacional do Barroco Íbero-Americano. Ouro Petro (Brasil: 2008), 1038. Su artículo en mayor medida trata de épocas posteriores a las del libro que tratamos.

[15] Goicovich, “Franciscanos”, 34.

[16] Goicovich, “Franciscanos”, 35.

[17] Goicovich, “Franciscanos”, 36.

[18] Goicovich, “Franciscanos”, 48.

[19] Goicovich, “Franciscanos”, véase 49-50.

[20] Goicovich, “Franciscanos”, 50.

[21] Goicovich, “Franciscanos”, 57.

[22] Goicovich, “Franciscanos”, 57.

[23] Goicovich, “Franciscanos”, 58.

[24] Arnal, “Frontera Novohispana”, 1040.

[25] Goicovich, “Franciscanos”, 61.

[26] Goicovich, “Franciscanos”, 61.

[27] Goicovich, “Franciscanos”, 61-62.

[28] Cecilia Sheridan, “’Indios Madrineros’. Colonizadores tlaxcaltecas en el noreste novohispano”, Estudios de Historia Novohispana 24 (2001): 20.

[29] Goicovich, “Franciscanos”, 65.

[30] Goicovich, “Franciscanos”, 66 y 68.

[31] Goicovich, “Franciscanos”, 70-71.

[32] Goicovich, “Franciscanos”, 74.

[33] Goicovich, “Franciscanos”, 80.

[34] Goicovich, “Franciscanos”, 78.

[35] Goicovich, “Franciscanos”, 82-83.

[36] Goicovich, “Franciscanos”, 84.

[37] Goicovich, “Franciscanos”, 84.

[38] Odie B. Faulk, “El presidio: ¿fuerte o farsa?”, en El México perdido. Ensayos escogidos sobre el antiguo norte de México, 1540-1821, ed. David Weber (México D. F.: Septentas, 1976), 56.

[39] Arnal, “Frontera Novohispana”, 1038.

[40] Goicovich, “Franciscanos”, 87-88.

[41] Goicovich, “Franciscanos”, 98.

[42] Goicovich, “Franciscanos”, 101 y ss.

[43] Goicovich, “Franciscanos”, 103 y ss.

[44] Goicovich, “Franciscanos”, 105 y ss.

[45] Goicovich, “Franciscanos”, 105.

[46] Goicovich, “Franciscanos”, 106.

[47] Goicovich, “Franciscanos”, 107.

[48] Sheridan, “Madrineros”, 22-23.

[49] Goicovich, “Franciscanos”, 112.

[50] Goicovich, “Franciscanos”, 113.

[51] Goicovich, “Franciscanos”, 116.

[52] Goicovich, “Franciscanos”, 118.

[53] Goicovich, “Franciscanos”, 137.

[54] Goicovich, “Franciscanos”, 121.

[55] Goicovich, “Franciscanos”, 133.

[56] Goicovich, “Franciscanos”, 137.

[57] Faulk, “Presidio”, 56.

[58] Goicovich, “Franciscanos”, 141.

[59] Goicovich, “Franciscanos”, véase directamente en 146-147.

[60] Goicovich, “Franciscanos”, 150.

[61] Goicovich, “Franciscanos”, 163.

[62] Goicovich, “Franciscanos”, 171.

[63] Sheridan, “Madrineros”, 30.

[64] Goicovich, “Franciscanos”, 179.

[65] Goicovich, “Franciscanos”, 180.

[66] Goicovich, “Franciscanos”, 180-181.

[67] Philip Wayne Powell, “Génesis del presidio como institución fronteriza, 1569-1600”, Estudios de Historia Novohispana 9 (1987): 20.

[68] Goicovich, “Franciscanos”, 166.

[69] Goicovich, “Franciscanos”, 166.

[70] Goicovich, “Franciscanos”, 182.

[71] Goicovich, “Franciscanos”, 183.

Autor: Felipe De Lucas A.

Fecha escritura: 23-05-2024

Fecha publicación: 04-03-2025

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