Autor: Felipe De Lucas Arellano
Este ensayo trata sobre varios textos que nos brindan información relevante, interesante e ilustrativa para comprender en profundidad los Parlamentos Hispano-Indígenas, en tanto muestras de poder y de diplomacia de dos tradiciones distintas. Nuestra especial contribución es identificar en ellos varias técnicas y metodologías muy útiles para el que desee formarse o especializarse como historiador, asimismo para entrenar el análisis minucioso de fuentes y documentos de estas centurias.
Primeramente, Zavala[1] nos habla sobre el origen y las particularidades de los parlamentos hispano-mapuches coloniales, recordándonos que los parlamentos en sí fueron tratados de paz suscritos entre españoles e indígenas. Estos convenios tomaban cuerpo durante encuentros multitudinarios y polifacéticos que constituyeron una pieza clave del sistema de relaciones fronterizas alimentado por las tradiciones de ambos bandos. Estos tuvieron una gran solidez como instrumento y espacio de negociación intereténico; el artículo nos invita a entender como convergieron estos dos sistemas político-diplomáticos tan opuestos en la práctica negociadora fronteriza[2].
Como nos explica dicho autor: “aunque desde principios de la conquista de América el colonizador trató de hacer del nativo un amigo y no un enemigo, la realidad de la dominación colonial implicó un mutuo reconocimiento de enemistad” […] “la estrategia hispana tendió a dividir las posiciones locales, proponiendo alianzas de paz y de mutua ayuda a los sectores más receptivos a sus propuestas, instituyendo de esta manera dos grandes categorías de nativos que enfrentar: los amigos y los enemigos”[3]. De aquí que los amigos fueron considerados más aptos para recibir la doctrina cristiana y vivir en sociedad; los enemigos fueron catalogados como más reacios a la civilización y más cercanos al barbarismo y la irracionalidad. Entonces, buscar encuentro para concertar la paz fue una preocupación constante del conquistador. “La práctica de los tratados, pactos y acuerdos fue iniciada en América por el propio Cristóbal Colón en su primer viaje, si bien con características muy peculiares. El almirante celebró con el cacique Guacanagnarí un pacto de fraternidad o de «guatiao», que según el derecho taíno propio del lugar, generaba una relación semejante a la del compadrazgo”, nos explica Levaggi[4].
La búsqueda de la pacificación llevó al hispano a acudir a dispositivos políticos, diplomáticos y jurídicos para concretar el encuentro y negociación entre las partes. Y, para que estos fuesen operativos, se requería de instrumentos de negociación eficaces y que tuviesen un sentido para ambas tradiciones involucradas. Por ende, dichas formas de negociación que estaban construyéndose debían ser comprendidas desde las dos culturas enfrentadas con cierta equivalencia de sentido. A este respecto, Zavala nos comenta tres problemas que tuvieron que resolverse, a saber, el de la comunicación, el del consenso y el de la legitimación[5]. Por otro lado, llama la atención la rapidez con la cual se implementaron en América tratados entre españoles y líderes indígenas[6].
El autor con el que hemos iniciado este ensayo nos muestra un detallado recorrido histórico sobre la evolución de estos intentos de acuerdos y tratados hispano-indígenas, afirmando en un primer momento que el contendiente americano del siglo XVI fue testigo de la coexistencia, y posterior transición, entre un derecho de guerra punitivo y esclavizante expresado en el «requerimiento» y un derecho más contractual que se manifestó bajo diversas formas de pactos entre representantes de la Corona y algunas comunidades indígenas[7]. Es susceptible de suponer que teóricamente la idea del contrato entre el soberano y sus súbditos ya había sido planteada por la tradición escolástica, de allí Francisco de Vitoria (1483-1546) definió la naturaleza contractual de la relación entre el monarca y sus súbditos, incluidos aquellos sobre los cuales España podía ejercer su señorío, es decir, los habitantes de las nuevas tierras conquistadas[8]. Sin embargo, no se puede desconocer que hacia finales del siglo XV y comienzos del XVI predominaron en la conquista de América formas no contractuales de relación pacífica fundamentadas en la amenaza y en el temor al uso de la violencia, lo que se expresó en la gran generalización del «requerimiento» como dispositivo de asentamiento hispano en los nuevos territorios conquistados[9]. Como dice Levaggi, el «requerimiento» de 1514 redactado por Juan López de Palacios Rubios, fue ya un documento formal, cuyo objetivo no fue solo la sumisión y conversión de los naturales, sino, sobre todo, la justificación de la presencia española y de la guerra[10].
Durante el siglo XVI hubo una evolución en las nociones que fundamentaban las prerrogativas de los Reyes Católicos, donde se decía que el poder real antecedía entonces a las colectividades sobre las que se ejercía; posteriormente, cuando la ocupación española fue consolidándose, el derecho indiano tendió a reconocer la existencia de comunidades previas al poder del monarca[11]. Ya desde la segunda mitad del siglo XVI la Corona castellana fue elaborando una política tendiente a reemplazar la conquista violenta de las Indias por su ocupación pacífica; esa política culminó con la promulgación de las célebres Ordenanzas de Nuevos Descubrimientos y Poblaciones de Felipe II, el 13 de julio de 1573[12], hasta dichas ordenanzas “los indios fueron requeridos a someterse al rey español, y estar debajo de su autoridad, a partir de la premisa de que el Descubrimiento y la bula «Inter caetera» (1493) los habían convertido en vasallos de los españoles” […] “No obstante, aun aceptada esa teoría, tanto la Corona como los tratadistas tuvieron una estimación especial por el título nacido del pacto, pues es el que satisfacía formalmente el requisito de la expresión de voluntad del sujeto”[13]. Nuevamente volveré a tocar el vasallaje más adelante.
Ahora, en relación con los dispositivos hispanos de negociación —que serán la génesis de los parlamentos—, para el caso chileno se produjeron tempranamente negociaciones entre las huestes hispanas y algunas de las comunidades que podían ser estratégicamente consideradas como aliadas. Mediante lo expuesto por Lázaro[14], cuyo autor comenta un relato de Mariño de Lobera, es posible distinguir en relación a la iniciativa del jefe Michimalongo dos aspectos o tipos de negociación: una primera, interétnica, entre jefes indígenas, y una segunda, interétnica, con el conquistador (la redundancia de palabras es textual). Según dicho relato la iniciativa la habría tenido la parte indígena, que contaba con formas diplomáticas de negociación, donde ofrecer al otro la amistad y la alianza conllevaba el ofrecimiento de presentes: esto porque, como dice Zavala, no es sorprendente que los habitantes del valle central de Chile, que se encontraban durante la primera mitad del siglo XVI bajo la influencia y control del Imperio inca, estuvieran acostumbrados a convenir y establecer pactos con invasores. De aquí se desprende que los dispositivos hispanos de negociación fronteriza en América no se trataron de la simple aplicación unilateral, sino de situaciones concertadas mutuamente y que en varios casos fueron por iniciativa indígena.
Más adelante en su artículo, Zavala se refiere a los dispositivos mapuches de negociación política, señalando que con anterioridad a la llegada de los españoles, estos realizaban grandes reuniones de carácter político y ritual con el fin de establecer alianzas guerreras, intercambiar productos y convenir matrimonios[15]. Durante la segunda mitad del siglo XVII (1674) Diego de Rosales hace una descripción detallada de estos encuentros político-rituales mapuches y señala dos modalidades: una para acordar la paz y otra para concertar la guerra. En resumen, para hacer la paz entre ‘sus provincias’, los toquis generales y caciques de las provincias debían ofrecer a sus futuros amigos un cierto ritual, que incluía sacrificios con la extracción del corazón palpitante de la víctima animal, con cuya sangre se ungían hojas de canelo, a ello se suman ofrendas, llamamientos y brindis. Para acordar la guerra, el ramo de canelo era reemplazado por un toqui, hacha de pedernal negro que simboliza el poder guerrero, procediéndose con el sacrificio de los carneros de la tierra, de cuya sangre se realizaban unciones sobre los utensilios de guerra. De acuerdo a estos ritos políticos, Rosales señaló que el gobierno mapuche se asemeja mucho a lo que los políticos llaman “democracia”, ya que para cualquier asunto de importancia se reúnen todos los indígenas con el fin de llegar a un acuerdo, en particular los caciques. Por otro lado, los gobernadores de Chile debían tener la precaución de convocar a todos los caciques cuando querían negociar, puesto que no ser invitado podía ser un motivo suficiente para romper la paz. La participación masiva de los mapuches en los parlamentos podía explicarse por esta lógica de la concertación masiva, que se opone a una lógica europea jerárquica que prefiere la negociación con una sola cabeza[16].
Avanzando en nuestro razonamiento, desde los primeros tiempos de la frontera hispano-mapuche los españoles debieron acudir a formas pacíficas de persuasión y concertación; para ello les fue necesario contar con intérpretes que conocieran el mapudungun; también tuvieron que aceptar los principios indígenas del arte de hacer política. Para el caso chileno, desde 1593 estos documentos comenzaron a ser elaborados con la finalidad de registrar las negociaciones interétnicas, caracterizados por ser pactos escritos considerados con toda propiedad como expresiones tempranas de parlamentos, fruto de la convergencia de dos tradiciones político-diplomáticas distintas[17]. Los indígenas tomaron parte activa en los parlamentos y ayudaron a construirlos; no se trata solamente de la aplicación de instituciones político-jurídicas peninsulares en un contexto americano, sino de la creación de un sistema diferente, de formas híbridas y nuevas que pudieron seguir siendo leídas según los códigos antiguos, en la medida en que solo una de las partes anotaba y consideraba necesario la conversación escrita de lo acontecido[18].
Luego de haber comentado la significación de los parlamentos, doy lugar a las Paces de Quillín de 1641 en Chile, donde Goicovich[19], además de ilustrarnos con su propia perspectiva sobre los detonantes y el desarrollo de dicho importante evento para nuestra historia, nos trae la transcripción de un documento inédito de singular importancia: esto por ser un testimonio más temprano y que difiere en algunos contenidos con respecto al relato de Diego de Rosales, que ha sido hasta ahora la fuente más utilizada para reconstruir las Paces. El autor nos cuenta que las páginas de la Historia General de Chile de Diego Barros Arana[20] le revelaron una información que llamo su atención: en la Biblioteca Nacional de España se encontraba un memorial inédito en que se detallaban los pormenores de las pases de Quillín de 1641; a partir de esto dirigió sus pesquisas al fondo documental que lleva su nombre en la Biblioteca Nacional de Santiago. Las indagaciones no tomaron mucho tiempo, pues dio con un texto que correspondía a la fuente mencionada por el erudito y que forma parte del tomo 11 de su colección de manuscritos, en el que se condensan documentos relativos a la conquista y colonización de Chile[21]. Una década más tarde Goicovich pudo visitar la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional de España, donde encontró el manuscrito original[22]: allí pudo comprobar que la copia del historiador chileno adolecía de errores y omisiones que traicionaban el espíritu de la fuente original[23]. Barros Arana atribuye la autoría del texto al jesuita Juan Bautista Ferrufino, afirmando que el escrito habría sido la fuente en que se inspiró su correligionario Alonso de Ovalle para redactar la versión más conocida de las paces de Quillín. Los datos de biográficos de Ferrufino son escasos, fragmentarios y dispersos.
Por otro lado, pasando a detalles más fronterizos, el jesuita Alonso de Ovalle explica en su crónica que, una vez concluidos los ceremoniales y asentadas las paces de Quillín, el gobernador Martín Francisco López de Zúñiga y Meneses, marqués de Baides, dio cuenta al rey de los acuerdos alcanzados y de la liberación de numerosos cautivos españoles, algunos de los cuales llevaban décadas en tierras indígenas. Sin embargo, la petición cayó tempranamente en el vacío de la frustración, porque a pesar de la disposición inicial del monarca de apoyar económicamente la causa, esta no pudo cumplirse por priorizar otros problemas geoestratégicos que se estaban dando en el escenario europeo. En consecuencia, con el apoyo peninsular vedado a sus pretensiones, no quedó otra alternativa que recurrir a las levas en Chile y otros territorios de las Indias, lo que afectó la gestión fronteriza de casi todos los funcionarios reales que se ocupaban de la gobernanza chilena[24].
La precaria situación del Imperio español se traducía en la inestable posición hispana en la frontera mapuche, pero esto respondía a un marco más global que se explica en una crisis financiera generalizada. Para el caso chileno hubo una disminución ostensible del Real Situado con que se remuneraba a las tropas acantonadas en la frontera, arrastrando el deterioro del aparato de guerra peninsular en la Araucanía, junto con el alza de los precios[25]. Para fines de la penúltima década del siglo XVI, los rivales europeos tenían muy claro que la fuente del poderío español se localizaba en sus posesiones trasatlánticas, por lo que la mirada de las emergentes potencias marítimas de orientó precisamente en esa dirección. Dado que una buena parte del patrimonio argentífero americano solventaba los gastos de las campañas militares en el continente europeo, al asaltar las potencias enemigas (Inglaterra, Francia, Holanda) las flotas y galeones que transportaban estos metales, se privaba al soberano español del principal pilar que sostenía a sus ejércitos[26]. Los expedicionarios enemigos emprendieron sus viajes hacia el Mar del Sur provistos de planes precisos de invasión, conquista, alianza o comercio con los indígenas.
Por otra parte, la década de los años 1640 trajo una serie de crisis y transformaciones incitadas por revoluciones internas. Las fuentes más confiables sobre los eventos de Quillín, y que más han concitado la atención de los especialistas, eran las narraciones de los jesuitas Alonso de Ovalle y Diego de Rosales, como ya se ha señalado anteriormente, sumando además la obra del soldado Jerónimo de Quiroga y la crónica decimonónica del militar José Antonio Pérez García, quien basó su relato en documentos del cabildo de Santiago, crónicas de militares y eclesiásticos, y en una Historia de Chile atribuida a un Antonio García, lamentablemente perdida. Como dice Goicovich, esto enaltece en buen grado la fuente que él da a conocer al final de su artículo, ya que como se ha señalado se trataría del texto más antiguo y en el que se habría basado el relato proporcionado por Alonso de Ovalle[27].
En los años cercanos a las Paces, el ejército fronterizo se encontraba diezmado por la guerra, las enfermedades y las deserciones. Muy interesante es el hecho de que, por el lado mapuche, las crónicas jesuitas hacen hincapié en un imprevisto de la naturaleza que por esos días afectó al territorio meridional de la gobernación: el repentino estallido del volcán Villarica[28]. Los religiosos consideraron este evento como un prodigio de la deidad, puesto que habría vaticinado el éxito de la empresa pacificadora del Marqués de Baides. A este respecto, Margarita Gascón ponderó el peso de las pestes, junto con la erupción volcánica, como factores que tuvieron una incidencia gravitante en el curso de los acontecimientos que gestaron las paces de Quillín[29], ya que el llamado a conciliar una tregua estuvo enmarcado en la crisis ambiental y alimenticia desatada por la actividad telúrica. De aquí que Goicovich afirme que poner estas variables en el tablero de la historia significa cuestionar afirmaciones y consensos que se han asentado en nuestros días. De esta manera, tal y como indica Raúl Concha Monardes, el parlamento de 1641 fue más bien el resultado de la incapacidad en que se encontraban ambos beligerantes[30].
Luego de referirse a la evolución histórica que precedió las Paces, junto con el análisis de los documentos que se hoy se conservan sobre dicho parlamento, dice Goicovich:
“(…) En suma, el afianzamiento del Biobío como una línea de división y contacto, en la que confluían las dinámicas de exclusión e interacción entre el territorio señoreado por la espada y la cruz y las extensiones en que regía la lanza y el canelo, tuvo su real fundamento histórico en los acontecimientos que definieron la historia del Reino de Chile en el ocaso del siglo XVI. Los acuerdos alcanzados en los llanos de Quillín, poco más de cuatro décadas más tarde, no hacen sino ratificar nuestra postura, ya que ninguna de las cláusulas acordadas insinuaba siquiera la idea de establecer al curso fluvial como frontera entre dos mundos”[31].
Las disposiciones de las paces no aluden, ni implícita ni mucho menos explícitamente, a un ofrecimiento de independencia como han pretendido algunos autores. La aceptación de las paces, por tanto, se basó en tres grandes lineamientos: 1) que los grupos refugiados en montes y quebradas podían volver a ocupar sus tierras; 2) que los retornados ya no estarían sometidos a la encomienda ni a las labores mineras; 3) que la condición de vasallos del rey tendría el mismo estatus de los indios amigos, igualándolos en deberes y derechos. Por ende, ni de en los acuerdos del Parlamento de Quillín ni en las condiciones señaladas por los lonkos se vislumbra el menor atisbo de una idea u ofrecimiento de independencia para el mundo indígena.
Otro notable dato que nos entrega Goicovich es la diferencia entre el documento de Ferrucino y el de Rosales, puesto que este último agrega una cláusula más que mostraría la importancia del influjo religioso jesuita en las Paces, “¿sobre qué base descansa la divergencia entre los jesuitas que escribieron en la década de 1640 y aquél de treinta años más tarde? No podemos descartar la alternativa del error, más aún si se considera el tiempo que separa a los eventos de Quillín con el año en que Rosales terminó de redactar su crónica, en 1674. Pero no parece ser una explicación satisfactoria teniendo en cuenta que el sacerdote de origen español fue testigo presencial de los hechos que narra” […] “Más plausible es la posibilidad de una alteración intencionada, todo esto con el fin de estampar el sello de la Compañía de Jesús en una escalada misionera sin precedentes que tendría su origen en el Parlamento de Quillín, acontecimiento en el que, sin ninguna duda, desempeñaron un papel de particular importancia los hijos de San Ignacio de Loyola”[32].
Finalmente, como dijo Zavala, en este mismo parlamento del 6 de enero de 1641 entre el gobernador de Chile, el marqués de Baides, y la totalidad de los grupos rebeldes de la Araucanía, se desarrolló según el ritual indígena; así cuando terminaron las conversaciones, los mapuches procedieron al sacrificio de las ovejas de la tierra y efectuaron el rito del entierro de las armas. Los españoles participaron activamente de estas manifestaciones; el marqués de Baides recibió e hizo circular entre los principales jefes españoles el corazón palpitante de la oveja de la tierra blanca que se le había ofrecido y el ramo de canelo salpicado con la sangre de esta. También el jefe español aceptó el entierro, junto a las armas mapuches, de armas españolas: balas, puntas de lanzas, dagas y cuerdas”[33].
Zavala nos indicó que, para el caso chileno, desde 1593 estos documentos comenzaron a ser elaborados con la finalidad de registrar las negociaciones interécticas, caracterizados por ser pactos escritos considerados con toda propiedad como expresiones tempranas de parlamentos, fruto de la convergencia de dos tradiciones político-diplomáticas distintas[34]. Continuando con nuestro desarrollo, asimismo con el examen de los procedimientos llevados a cabo para constituir los parlamentos hispano-indígenas y los métodos que ha utilizado la historiografía para reconstruir los hechos, el artículo de Roulet[35] nos enseña que la investigación histórica relativa a las negociaciones diplomáticas entre pueblos indígenas y Estados colonizadores se basó hasta hace dos décadas en la confianza casi absoluta en las fuentes que nos han llegado, que son las actas de los tratados, escritas por una de las partes en una lengua que la otra parte no hablaba. La autora pone en cuestionamiento el hecho de que la palabra escrita del bando hispano reflejara fielmente los contextos originales que se suscitaron tanto en negociaciones como acuerdos de diversa índole con los indígenas. Estos últimos poseían únicamente la manera oral de transmitir conocimientos, enseñanzas y relaciones diplomáticas, por ende, los registros españoles deben tomarse con cautela y de manera crítica. La doctrina europea de los tratados culmina en la elaboración del documento escrito, no obstante, si bien en su momento la tradición oral indígena conservó cuidadosamente el registro de lo pactado, esta memoria viva se perdió hace tiempo[36]. A este respecto, indicar que la tradición oral indígena asignaba a la palabra solemnemente empañada, sobre todo cuando iba acompañada de tangibles demostraciones de generosidad y reciprocidad, el mismo valor vinculante que tenía para los occidentales el papel escrito y sellado[37].

Grabado del Parlamento de Quilín por Alonso de Ovalle (1646)
Para su estudio, Roulet se basa en el análisis de fuentes de los últimos veinte años del siglo XVIII procedentes de la frontera sur mendocina, actual territorio argentino, mostrando entonces que lo escrito no es sino una parte de lo que se discutió verbalmente, a su vez, la autora nos entrega varias técnicas para intentar la reconstrucción de las versiones indígenas de tales negociaciones a través de los mismos parlamentos, actas u otras fuentes complementarias. Así es posible observar que lo omitido, ocultado y exaltado por la pluma —que de hecho, son las tres formas de distorsión de la palabra escrita que nos enseña la autora[38]— revela entre líneas, o mediante la comparación entre textos adulterados y originales, los verdaderos reclamos de los indígenas, junto con la veracidad de los hechos, pero para ello debemos contar con la posibilidad de acceder a los textos originales u otros complementarios que nos permitan generar comparaciones fidedignas, requiriéndose de precisas condiciones de indagación, lo que incluso para un historiador involucra viajar entre países y continentes, como ocurrió con el caso de Goicovich relatado anteriormente.
Al reconstruir la historia de las relaciones diplomáticas entre pueblos indígenas y Estados colonizadores, el investigador se encuentra ante un considerable problema metodológico suscitado por las profundas diferencias culturales y las divergentes tradiciones jurídicas de las partes, encontrándose por lo tanto un derecho positivo y otro consuetudinario, una tradición escrita y otra oral[39]. En la frontera sur del imperio colonial hispanoamericano, ambas corrientes confluyen en el parlamento, una institución de carácter híbrido y transcultural[40]. Entonces, tal dificultad metodológica abordada por los historiadores de hace unas décadas, que tomaban el documento tal como era y sin cuestionarlo, generó una lectura que indujo a subestimar la capacidad negociadora de los indígenas, exagerando el poder coercitivo estatal y que, por ende, conduce a conclusiones incompletas e incluso inexactas del verdadero contenido de las relaciones diplomáticas fronterizas[41].
Para dilucidar su método, Roulet toma varios ejemplos de una serie de tratados escritos en la frontera mendocina entre hispano-criollos y pehuenches a fines del período colonial, durante la gestión del Comandante de Frontera y Armas de Mendoza, don José Francisco de Amigorena. Estos demuestran que las actas de los tratados no reflejan generalmente sino una parte de lo que ha sido discutido en los parlamentos; tampoco es casual que estos sean parcos en cuanto a enunciar y describir las obligaciones asumidas por los funcionarios españoles. Las obligaciones españolas que los textos omiten mencionar solían ser de índole militar, económica y de mediación política ante otras autoridades[42]. Los documentos que hoy encontramos en los archivos no fueron redactados como son actualmente los tratados internacionales, es decir, sopesando cuidadosa y jurídicamente los diversos sentidos de cada palabra de los bandos involucrados. A continuación, breves reseñas de sus ejemplos.
Amigorena, obcecado, narcisista y megalómano, estaba empeñado en demostrar a las autoridades que su experiencia militar, política y diplomática, así como las relaciones personales que había anudado con la jefatura pehuenche lo convertían en una pieza insustituible de la política fronteriza, sobre todo cuando solicitó sus aumentos de sueldo y se vio amenazado de ser reemplazado en sus labores, pues este había tenido desde un principio relaciones conflictivas con los miembros del Cabildo. En relación a su cargo, envió a las oficinas del Virrey del Río de la Plata sus fojas de servicios, de donde obtenemos una gran cantidad de documentos sobre su gestión como Maestre de Campo en 1778. Debido a las relaciones negativas que venía forjando con el Corregidor y otros, viene el hecho de que haya realizado una cuidadosa selección de la información que incluirá en su legajo.
El examen y cuidadoso análisis que Roulet realiza de ciertos expedientes y tratados de Amigorena, nos evidencian que, en lugar de enunciar distintamente artículos o capítulos, están redactados en forma discursiva y sintética, poniendo el acento en los compromisos aceptados por Ancán Amún, cacique principal de la agrupación de Malargüe y Longopán. Largos son los argumentos que realiza la autora, que puedo resumir en que el juramento de lealtad y fidelidad obliga a los pehuenches a no volver a atacar la frontera y a castigar a los indios enemigos que intentaran invadirla[43]. Varios detalles demuestran que la alianza militar parece ir en un solo sentido. Sobre su primer ejemplo, dice: “si tuviéramos que conformarnos con la lectura de este único documento para enterarnos de qué habían discutido Amigorena y Ancán Amún, nos quedaríamos con la impresión de que los pehuenches prometieron mucho y no cosecharon prácticamente nada”[44].
Las cartas señalan la existencia de pactos verbales confidenciales entre ambos hombres, donde Amigorena relata la versión que más le conviene, que como sabemos, será leída por sus superiores y el virrey. “Hasta entonces, los tratados con los indios se hacían siempre en la Sala Alta del Ayuntamiento, ante las autoridades civiles y religiosas de la ciudad. Las negociaciones que Amigorena había conducido solo, en su propia casa y exclusivamente ante testigos militares que eran sus subordinados, no debían representar suficiente garantía para los miembros del Cabildo”[45]. Esta última corporación ratificó que el trato consistía en que, en caso de ser atacados los hispanos, los “fieles y leales vasallos” pehuenches recibirían protección y auxilios materiales, al tiempo que sus agresores serían castigados con las armas, lo que define tal alianza militar de manera más equilibrada. No obstante, Amigorena hizo modificaciones, improvisaciones y modificó la forma en que debían llevarse los pactos, faltando a las promesas, generando una serie de operaciones que en lenguaje contemporáneo definiríamos de “políticamente incorrectas”[46], pues derivaron en matanzas, desordenes y caos, pero que le permitían conseguir sus objetivos personales y egoístas: mantenerse en puestos de poder. Por medio de la palabra escrita modificó la realidad de los hechos, llegando la información sesgada a la jerarquía superior, mientras que los pehuenches consideraban que precisamente este tipo de acciones consistía en el pacto que habían firmado, según se explicará en lo sucesivo. Pero, más allá de este funcionario, la omisión de toda referencia a los compromisos militares asumidos con los indígenas es un hecho recurrente en las actas de tratados de la frontera mendocina[47].
“Vemos pues que los silencios de las actas de tratados son recurrentes, que no son aleatorios, sino que sistemáticamente se refieren a ventajas concedidas oralmente por la parte española y que terminan distorsionando nuestra percepción de los acuerdos de paz. Pero advertimos también que para los signatarios no es el papel escrito y rubricado el que tiene vigencia efectiva, sino el compromiso verbalmente asumido que unos y otros han registrado cuidadosamente en sus memorias”[48]
Con respecto a las palabras de los acuerdos, donde los indios deben dar prueba de lealtad y fidelidad, muy a menudo también se habla del «vasallaje», ¿cómo debemos entender entonces esa declaración de “leal vasallaje al Rey? Como expresa la autora, el reiterado uso de este término en las actas suscita una multitud de interrogantes acerca del problema de la traducción y acerca del status de los indios amigos con respecto al mundo colonial. Empleando el empleo que hace Amigorena sobre la noción de vasallaje, junto con su demostración de técnicas de análisis de dos actas[49], llega a las conclusiones de que el Comandante al insistir sobre la sujeción, obediencia, fidelidad y vasallaje de los pehuenches, disipaba a la vez los temores que se tenía sobre la poca fiabilidad y la probable defección de aquellos indígenas, lo que evidencia que también violaba las directivas expresas de sus superiores. En otras palabras, cuando consentía en brindar asistencia militar a sus amigos pehuenches, estaba contraviniendo órdenes expresas; el Comandante necesitaba que sus jefes pasaran por alto este flagrante desacato y que prestaran en cambio atención a lo que se podía exhibir como un éxito personal, es decir, la recuperada confianza de sus aliados[50].
Al representar a los pehuenches como fieles, dóciles, bien dispuestos y subordinados, probaba que se les podía tener confianza plena y que respondían a su autoridad. El acta I es entonces una construcción literaria construida por Amigorena para persuadir a sus destinatarios, de que controlaba personalmente, en nombre de la autoridad real, cada hilo de la relación con los pehuenches[51]. Luego la autora nos aclara que los pehuenches percibían la acepción medieval de la expresión de vasallaje, a saber, que era un servicio militar libremente consentido, a cambio de la obligación del rey y sus representantes de proteger y defender a sus sujetos, auxiliándolos y amparándolos contra sus enemigos; probablemente en mapudungun era considerada como “parentesco”. “Si el Rey era el padre simbólico tanto de españoles como de pehuenches, unos y otros se situaban fraternalmente en un mismo nivel”[52]. Pero el Comandante los presentaba como súbditos, invirtiendo los significados y discursos, lo que generó la molestia de los indígenas cuando los mendocinos no cumplían.
Como conclusión, no cabe pensar que los indígenas fueron sumisos y sometidos totalmente ante los caprichos de los hispanos, pues “cabe incluso preguntarse hasta qué punto el Comandante de Frontera fue, como quiso darlo a entender en el texto, el verdadero director de orquesta de la pieza o bien un instrumento en manos de los caciques pehuenches, que sin conflictos ni derramamientos de sangre se sacaron de encima a un jefe impetuoso e irreflexivo al que ya no respetaban”[53]. La misma prolongada voluntad de resistencia y de adaptación de los indígenas de la frontera sur obligó a los españoles y a sus sucesores criollos a asentarse a la mesa de negociaciones y discutir las condiciones de una convivencia pacífica[54]. El mismo texto inédito transcrito por Goicovich nos muestra las iniciativas y decisiones de los líderes mapuches por acceder a instancias de paz entre los bandos.
Retomando brevemente el término de «vasallaje», Zavala indica que para las relaciones hispano-indígenas se tomó en consideración la noción contractual (primeramente escolástica y luego reconstruida por Francisco de Vitoria) del ejercicio de la soberanía del rey sobre sus vasallos, aplicándose conjuntamente con un pactismo fronterizo como derecho indiano —a partir de la labor de Bartolomé de las Casas (1484-1566), quien rechazó el método del “requerimiento” por lo que tenía de compulsivo y, una vez más, se inclinaba a la solución del tratado[55], dice Levaggi—, implementándose dispositivos tendentes a disminuir y aplacar los abusos que los primeros años de conquista produjeron en las poblaciones americanas. No obstante, en los albores de la conquista, esta nueva modalidad aplicada entre representantes de la corona hispánica y los jefes de las comunidades indígenas coartó, de igual modo, la voluntad contractual de estos últimos interlocutores[56].
En definitiva, después de haber comprendido con bastante detalle la evolución de las relaciones, acuerdos y tratos entre hispanos e indígenas a lo largo del continente; las posturas teóricas y experienciales con respecto a los pactos por parte de ambos bandos; junto con la antigua democracia político-ritual de los mapuches que fue protagónica en las Paces de Quillín; sumando la controlada desconfianza que debemos tener con las fuentes que enmarcan las relaciones fronterizas, como nos enseñó Roulet, cuya visión es posible extrapolar hacia cualquier fuente; culmino este ensayo con unas citas de Levaggi: “hubo tratados de toda clase, según las circunstancias: verbales y escritos, con superioridad manifiesta de la parte española y con igualdad de fuerzas, con reconocimiento o no de la soberanía del rey de España, con y sin entrega de rehenes, y con una variedad ilimitada de cláusulas referentes a la evangelización, el asentamiento, el derecho de paso, el de comercio, el abastecimiento, la devolución de cautivos, los rescates, la unión ofensiva y defensiva, la administración de justicia, etc.” […] “Regularmente fueron buscados por ambas partes como alternativa de la guerra, y hubo largos períodos en que las fronteras gozaron de la paz, y hasta de la cooperación entre las dos naciones, gracias a ellos” […] “Los españoles por su lado, y los indios por el suyo, conocían la técnica de la celebración de tratados, y cada parte aplicó su propia experiencia”[57]. De aquí concluimos que tanto hispanos como indígenas contribuyeron en los acuerdos y particularmente en los parlamentos, por ende, debemos dejar de consignar los orígenes de estas estructuras de relaciones como provenientes únicamente del espíritu e intelecto hispano, pues la realización y procedimiento de las iniciativas de unión y amistad fue recíproca, y muchas veces fue netamente de parte de los indígenas. La palabra escrita no ha logrado desvanecer ni acallar los ecos del verbo de las tradiciones originarias.
A partir de la lectura de estos textos referentes a los parlamentos hispano-indígenas es posible obtener una comprensión general de un tema que aún pasa desapercibido hoy en la educación básica y media chilena, o bien es superficialmente tratado en dichas etapas, y que ha sido revivido en esta ocasión para el deleite del que escribe y del interesado.
Es interesante hacer notar cómo varían las perspectivas historiográficas a través de las décadas, pues los autores de hoy podemos criticar los errores de nuestros predecesores, quienes a su vez fueron nuestros inspiradores, generándose esta dualidad que resulta tanto incómoda como satisfactoria. Culmina siendo satisfactoria porque nuestro punto de vista reactualiza todas las posturas, complementa las anteriores y entrega nuevos matices que servirán para el mañana, hasta que nuevamente se repita el ciclo.
A partir del texto de Goicovich hemos comprendido la pasión por la realización de la historia, lo que nos lleva a considerar que no debemos dejar de prestar atención a las notas a pie de página y las fuentes citadas por las obras del ayer, por muy antiguas que estas sean, siempre y cuando hayan citado a otros autores sobre los que se basaron. A través de este ejercicio es donde encontramos los errores ya señalados, y podemos dialogar con el alma de esos escritores mediante el descubrimiento de sus omisiones, quizás por limitaciones geográficas o epocales. Entonces, la simple observación de un documento que inspiró una obra, su hallazgo en la biblioteca respectiva que lo atesora, y el vislumbre de su verdadera intención, nos puede hacer reescribir, efectivamente, la historia, asimismo debatir con una serie de autores que firmaron con estatuto de verdad sin haber conocido los documentos originales sobre los que versan sus investigaciones. Insisto, pensamos que quizás no todos han tenido la posibilidad de verificar ciertas fuentes, pues solo se ha citado lo que otro ratificó como verdad.
El historiador debe llegar a la fuente de la que desea investigar, pues solo a través de ella puede conocer cómo sucedieron los hechos, y esa fuente lo llevará quizás a otras de la misma índole, pero toda fuente en perspectiva hacia el pasado, contra el tiempo, llega a un inicio, que es la primera, posiblemente perdida, posiblemente archivada en algún sector del mundo. También Goicovich nos enseña que podemos ser críticos con otra gama de historiadores, pues podemos no estar de acuerdo en sus aseveraciones y debemos dejarlo clarificado en nuestros textos, eso reactualiza mediante nuestra opinión la historia misma, la resignifica y nos ponemos en una posición adelantada. Apelamos que todo investigador debe siempre aspirar a superarse, para eso debe primero conocer en profundidad a nuestros predecesores, para que podamos ver en qué fallaron, o por cuales ideologías se dejaron llevar para escribir, así aprendemos que la imparcialidad y el rigor podrían ser nuestras herramientas.
Por otro lado, Zavala nos muestra un texto breve pero sumamente significativo, pues nos muestra una historia ritual o de sacrificio ritual bastante detallada e interesante, que nos ilustra sobre las tradiciones de uno de los pueblos más firmes de nuestra zona geográfica, aquellos auka-man, guerreros por naturaleza que hoy perduran y defienden sus derechos de antaño. Este autor nos demuestra la equivalencia entre influencias a la hora de realizar los pactos, superando la historiografía que solo consignaba a la imaginación española como gestora de tales instancias de parlamentos. Zavala supera entonces a García-Gallo y Levaggi, no solo porque han transcurrido décadas desde los escritos de los autores recién señalados, sino porque el primero aclara la verdadera influencia del indígena por sobre el español en muchas decisiones, y no ve todo a la manera historiográfica antigua, lo que se evidencia también en la exposición sobre la naturaleza del pactismo. Goicovich al mostrar su texto inédito y Roulet de igual modo nos muestran el influjo y las iniciativas de los que por mucho tiempo se creyó que fueron sumisos ante las posturas de la Corona.
Roulet nos muestra con técnicas y metodologías concisas las formas en que podemos utilizar las fuentes escritas hispanas para conocer el verbo de los indígenas, oculto entre líneas, pero que puede recuperarse mediante apreciaciones analíticas entrenadas. Nos lleva a pensar que todas las fuentes que nos han llegado pueden estar adulteradas, pero no por ello deben suscitar nuestro rechazo, pues siempre debemos colocarnos en el contexto y por quienes fueron escritas, junto con el examen de sus motivaciones, intereses y aspiraciones. Los mismos religiosos lograron adulterar los textos para mostrar el legado de su poder y esfuerzo, como mostró Goicovich, y con Roulet vemos que los ánimos individualistas de los funcionarios públicos son similares a los de hoy, en muchos casos adulteraron la información por beneficio de sí mismos, y con ello la historia completa por varios siglos.
A partir de todos los autores queda bastante claro que ya no podemos considerar a los indígenas como agentes pasivos de las relaciones fronterizas e interétnicas, sino que en muchos casos como los que pudieron haberlas generado, y que tiñeron con sus símbolos, ritos y rituales los acuerdos con los hispanos. Es notable la filosofía de la reciprocidad que logreaban compartir con sus coetáneos a lo largo del continente. Siempre comprendieron todos los acuerdos desde la igualdad de condiciones, mientras que los españoles utilizaban la lógica del mandatario versus el súbdito, aun así, lograron colocarse de acuerdo, sin obviar los reclamos de los indígenas ante lo que no les parecía justo. El choque de cosmovisiones llega a su máximo esplendor y belleza en el Pacto de Quillín, al menos hasta lo que he conocido personalmente en tanto a estudios etnohistóricos, históricos y antropológicos sobre lo sucedido en territorio chileno, y más precisamente araucano, hasta hoy.
Fuentes
Biblioteca Nacional de Chile, Manuscritos Barros Arana, tomo 11, pieza 4, fs. 61-99. “Relación de lo sucedido en la jornada que el señor marqués de Baides hizo a tierra de los enemigos rebeldes, diciembre de 1640”.
Biblioteca Nacional de España, Sala Cervantes, doc. 2371, fs. 604-612. “Relación de lo sucedido en la jornada que el señor Marqué de Baides, Gobernador y Capitán General de este Reino de Chile y Presidente de la Real Audiencia de él, hizo a tierras de los enemigos rebeldes campeando con su ejército por los fines del mes de diciembre de 1640 años, poniendo por principio los motivos que tuvo y otras justas consideraciones para desear se redujesen a la paz y obediencia de Su Majestad”.
Referencias bibliográficas
Barros-Arana, Diego. Historia General de Chile, tomo IV, 2ªed. Santiago: Editorial Universitaria, 2000.
Concha-Monardes, Raúl. El Reino de Chile. Realidades estratégicas, sistemas militares y ocupación del territorio (1520-1650). Santiago: Editorial Cesoc, 2016.
García-Gallo, Alfonso. “El pactismo en el reino de Castilla y su proyección en América”. En Los orígenes españoles de las instituciones americanas. Estudios de derecho indiano por A. García-Gallo. Madrid: Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, 1987.
Gascón, Margarita. Naturaleza e Imperio: Araucanía, Patagonia, Pampas, 1598-1740. Buenos Aires: Dunken, 2007.
Goicovich, Francis. “Un testimonio inédito y (casi) desconocido de las Paces de Quillín, 1641”. Cuadernos de Historia 56 (2002): 387-427.
Lázaro-Ávila, Carlos. “Conquista, control y convicción: el papel de los parlamentos indígenas en México, el Chaco y Norteamérica”. Revista de Indias LIX: 217 (1999): 645-673.
Levaggi, Abelardo. “Los tratados entre la Corona y los indios, y el plan de conquista pacífica”. Revista Complutense de Historia de América 19 (1993): 81-91.
Roulet, Florencia. “Con la pluma y la palabra. El lado oscuro de las negociaciones de paz entre españoles e indígenas”. Revista de Indias, LXIV: 231 (2004): 313-348.
Zavala, José Manuel. “Origen y particularidades de los parlamentos hispano-mapuches coloniales: entre la tradición europea de tratados y las formas de negociación indígenas”. En Pueblos indígenas y extranjeros en la Monarquía Hispánica: la imagen del otro en tiempos de guerra (siglos XVI-XIX): 303-316, David González Cruz (ed.). Madrid: Sílex, 2011.
Notas
[1] José Manuel Zavala, “Origen y particularidades de los parlamentos hispano-mapuches coloniales: entre la tradición europea de tratados y las formas de negociación indígenas”, en Pueblos indígenas y extranjeros en la Monarquía Hispánica: la imagen del otro en tiempos de guerra (siglos XVI-XIX), David González Cruz (ed.) (Madrid: Sílex, 2011): 303-316.
[2] Zavala, “Origen”, 303.
[3] Zavala, “Origen”, 303-304.
[4] Abelardo Levaggi, “Los tratados entre la Corona y los indios, y el plan de conquista pacífica”, Revista Complutense de Historia de América 19 (1993): 84.
[5] Zavala, “Origen”, 304.
[6] Zavala, “Origen”, 305.
[7] Zavala, “Origen”, 305.
[8] Zavala, “Origen”, 305-306.
[9] Zavala, “Origen”, 307. Requerir consistía fundamentalmente en prevenir formalmente al enemigo de que se le iba a atacar solicitándole la rendición bajo ciertas condiciones y garantías para evitar sufrir el ataque. Esta advertencia al enemigo no fue propiamente un tratado, pues imponía unilateralmente una decisión respaldada por la fuerza de las armas, otorgando a la parte adversaria la posibilidad de evitar la agresión.
[10] Levaggi, “Tratados”, 83.
[11] Alfonso García-Gallo, “El pactismo en el reino de Castilla y su proyección en América”, en Los orígenes españoles de las instituciones americanas. Estudios de derecho indiano por A. García-Gallo (Madrid: Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, 1987): 730; citado en Zavala, “Origen”, 307.
[12] Levaggi, “Tratados”, 81.
[13] Levaggi, “Tratados”, 84.
[14] Carlos Lázaro Ávila, “Conquista, control y convicción: el papel de los parlamentos indígenas en México, el Chaco y Norteamérica”, Revista de Indias, 217 (1999): 63; citado por Zavala, “Origen”, 309.
[15] Zavala, “Origen”, 312.
[16] Zavala, “Origen”, 314.
[17] Zavala, “Origen”, 310.
[18] Zavala, “Origen”, 315-316.
[19] Francis Goicovich, “Un testimonio inédito y (casi) desconocido de las Paces de Quillín, 1641”, Cuadernos de Historia 56 (2002): 387-427.
[20] Diego Barros Arana, Historia General de Chile, tomo IV, 2ªed (Santiago: Editorial Universitaria, 2000): 270, nota 21.
[21] “Relación de lo sucedido en la jornada que el señor marqués de Baides hizo a tierra de los enemigos rebeldes, diciembre de 1640”, en Biblioteca Nacional de Chile, Manuscritos Barros Arana, tomo 11, pieza 4, fs. 61-99.
[22] “Relación de lo sucedido en la jornada que el señor Marqué de Baides, Gobernador y Capitán General de este Reino de Chile y Presidente de la Real Audiencia de él, hizo a tierras de los enemigos rebeldes campeando con su ejército por los fines del mes de diciembre de 1640 años, poniendo por principio los motivos que tuvo y otras justas consideraciones para desear se redujesen a la paz y obediencia de Su Majestad”, en Biblioteca Nacional de España, Sala Cervantes, doc. 2371, fs. 604-612.
[23] Goicovich, “Testimonio”, 389.
[24] Goicovich, “Testimonio”, 391-392.
[25] Goicovich, “Testimonio”, 396-397.
[26] Goicovich, “Testimonio”, 397.
[27] Goicovich, “Testimonio”, 399.
[28] Goicovich, “Testimonio”, 401.
[29] Margarita Gascón, Naturaleza e Imperio: Araucanía, Patagonia, Pampas, 1598-1740 (Buenos Aires: Dunken, 2007), 37; citado en Goicovich, “Testimonio”, 402.
[30] Raúl Concha Monardes, El Reino de Chile. Realidades estratégicas, sistemas militares y ocupación del territorio (1520-1650) (Santiago: Editorial Cesoc, 2016), 329; citado en Goicovich, “Testimonio”, 404.
[31] Goicovich, “Testimonio”, 405.
[32] Goicovich, “Testimonio”, 408.
[33] Zavala, “Origen”, 315-316.
[34] Zavala, “Origen”, 310.
[35] Florencia Roulet, “Con la pluma y la palabra. El lado oscuro de las negociaciones de paz entre españoles e indígenas”, Revista de Indias, LXIV: 231 (2004): 313-348.
[36] Roulet, “Pluma y palabra”, 314.
[37] Roulet, “Pluma y palabra”, 317-318.
[38] Roulet, “Pluma y palabra”, 316.
[39] Roulet, “Pluma y palabra”, 313-314.
[40] Roulet, “Pluma y palabra”, 314.
[41] Roulet, “Pluma y palabra”, 316.
[42] Roulet, “Pluma y palabra”, 318.
[43] Roulet, “Pluma y palabra”, 319-320.
[44] Roulet, “Pluma y palabra”, 320.
[45] Roulet, “Pluma y palabra”, 321.
[46] Roulet, “Pluma y palabra”, 323.
[47] Roulet, “Pluma y palabra”, 322.
[48] Roulet, “Pluma y palabra”, 328.
[49] Son dos actas oficiales del parlamento con idéntica fecha (17/10/1787) en el Archivo Histórico de Mendoza: Acta del Parlamento del Río Salado I, AHM 29/35, llamada por Roulet Acta I, y el Acta del Parlamento del Río Salado II, AHM 29/36, denominada Acta II. Roulet, “Pluma y palabra”, 331, nota 41 y 42.
[50] Roulet, “Pluma y palabra”, 337.
[51] Roulet, “Pluma y palabra”, 337.
[52] Roulet, “Pluma y palabra”, 339.
[53] Roulet, “Pluma y palabra”, 345.
[54] Roulet, “Pluma y palabra”, 347.
[55] Levaggi, “Tratado”, 84.
[56] Zavala, “Origen”, 306.
[57] Levaggi, “Tratados”, 91.
Autor: Felipe De Lucas A.
Fecha original de escritura: 13 de junio de 2024.
Fecha de esta publicación: 5 de abril de 2025.



